Regresé a ver al padre del hombre que me fue infiel y lo hallé con los pantalones manchados, la mirada rota y una dignidad hecha pedazos; jamás pensé que aceptar una simple llave me metería en la guerra más dolorosa de mi vida.

Regresé a ver al padre del hombre que me fue infiel y lo hallé con los pantalones manchados, la mirada rota y una dignidad hecha pedazos; jamás pensé que aceptar una simple llave me metería en la guerra más dolorosa de mi vida.

Le llevaba ropa limpia, le cortaba el cabello, le afeitaba la barba, lo sacaba al jardín y me sentaba a platicar con él de cualquier cosa menos de Julián. En un pueblo como San Jerónimo, los rumores no tardaron en explotar. Que si yo seguía enamorada. Que si quería volver. Que si me estaba haciendo la buena para quedarme con algo. Mi amiga Paola casi me gritó por teléfono: —¡Estás loca, Camila! Es el papá del hombre que te puso el cuerno con una vieja de su oficina y luego te dejó como si nada. —No estoy yendo por él —le respondí—. Estoy yendo por don Ernesto. Una semana después me atreví a preguntarle la verdad. —¿Por qué está aquí? Julián dijo que lo iba a llevar con él. Don Ernesto se quedó callado tanto tiempo que pensé que no me iba a contestar. Luego soltó un suspiro cansado. —Sí me llevó. Pero su esposa nueva no me quería en la casa. Decía que yo olía a viejo, que arruinaba sus reuniones, que mis medicinas y mi silla daban mala imagen. Julián aguantó un tiempo… y luego me trajo aquí. Sentí un coraje helado. —¿Y su hija? ¿Y su familia? —Todos tienen sus problemas, hija —dijo, defendiéndolos todavía. Eso me rompió más el corazón que cualquier otra cosa. Mis visitas se volvieron rutina. Un día subí a mis redes una foto de nuestras manos entrelazadas, sin intención de provocar nada. Solo quería guardar ese momento. Dos noches después, Julián me llamó desde un número desconocido. —¿Qué diablos estás haciendo? —me gritó—. Mi esposa está furiosa. En Monterrey ya vieron tu publicación y todo el mundo anda diciendo que abandonamos a mi padre.

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