Después de que ME SECUESTRARON, toda MI FAMILIA sintió un GRAN ALIVIO porque los secuestradores

Después de que ME SECUESTRARON, toda MI FAMILIA sintió un GRAN ALIVIO porque los secuestradores

Jimena supo de inmediato de qué se trataba. Desde que volvió a la ciudad, solo la buscaban cuando había que pensar en algún matrimonio conveniente. En ciertos círculos del dinero viejo regiomontano, casar a una hija seguía siendo una forma de hacer negocios. Pero Renata estaba fuera de discusión. No iban a arriesgar el futuro de la consentida, y menos ahora que entre ella y Mauro había una tensión cada vez menos disimulable. Jimena era perfecta para sacrificar.

Su mamá tomó la palabra.

—El hijo menor de los Cárdenas acaba de volver de Estados Unidos. Tiene tu edad. Tu papá y yo pensamos que te haría bien salir, distraerte, sentirte cuidada por un hombre.

Qué conveniente que el trauma de una hija se solucionara con un esposo rico.

—Está bien —dijo Jimena—. ¿Cuándo?

Sus padres se quedaron perplejos. Evidentemente traían preparado un discurso más largo.

—Mañana, a la 1, en el restaurante corporativo de Grupo Cárdenas —respondió por fin su papá—. Si le caes bien, perfecto. Si no, ni modo. No son cualquier familia.

Jimena asintió y subió a su cuarto. Detrás de ella escuchó de nuevo los cuchicheos.

—Está rarísima —dijo su papá—. Ojalá no se le ocurra hacer una tontería.

—Que Tomasa le eche ojo —contestó su mamá—. No podemos dejar que nos arme un escándalo.

Jimena sonrió apenas. Para ellos, la familia siempre había sido una sola hija con distintos accesorios orbitando a su alrededor.

Al día siguiente conoció a Emiliano Cárdenas. Estaba recargado en su coche, encendiendo un cigarro sin fumarlo realmente, como si interpretara el papel de hombre dañado por puro aburrimiento. Era absurdamente atractivo y lo sabía. Se desabotonó el cuello de la camisa antes de entrar al restaurante, se despeinó con desgana y se sentó frente a Jimena con una media sonrisa.

—¿Tú eres Jimena? —preguntó.

—Y tú Emiliano.

—Me dijeron que has bateado a varios antes de mí.

Él soltó una risa.

—No los bateo. Ni siquiera me tomo la molestia de conocerlos.

Luego la miró con atención.

—Supongo que eso te vuelve especial. ¿Qué opinas de estos arreglos familiares?

Jimena se encogió de hombros.

—Mi vida casi nunca la decido yo.

Emiliano levantó su copa.

—Entonces somos iguales.

Ella apartó la suya.

—Preferiría comer primero.

Él guardó silencio un segundo, como divertido.

—Me caes bien —dijo—. Vamos a comer primero.

Jimena pensó que le tocaría lidiar con un rico vacío. En cambio, se encontró con alguien demasiado inteligente para ser inofensivo. Cuando la cita terminó, recibió un mensaje de su mamá: Los Cárdenas quedaron encantados. Quieren avanzar rápido. Jimena apretó el celular con fastidio. Solo había querido espantar a sus padres con una salida formal, no meterse en otro problema.

Renata, por supuesto, no tardó en enterarse. Y no pudo soportarlo.

Toda su vida había necesitado ser la mejor en todo: la más querida, la más frágil, la más admirada, la que despertaba protección. Si Jimena conseguía casarse con una familia más poderosa, aunque fuera por estrategia, esa superioridad quedaría manchada.

Cuando Jimena regresó a la casa, encontró el ambiente de funeral. Renata estaba “malísima”. Había cancelado un viaje porque no dormía, porque lloraba, porque se acordaba del secuestro. Otra vez el mundo completo orbitando alrededor de su angustia.

—Cada vez que te ve, revive todo —dijo su mamá, al borde del llanto—. No come, no duerme. Tú estás bien, pero ella no.

Jimena sintió un ligero dolor de cabeza. Nada más.

—La secuestrada fui yo.

—Pero tú eres fuerte —contestó su mamá de inmediato—. Renata nunca ha pasado por algo así. Mejor vete unos días a otro lado.

Jimena miró hacia la planta alta, hacia la puerta cerrada del cuarto donde seguramente su hermana fingía desmayarse entre almohadas caras.

—Entendido.

Subió, hizo una maleta pequeña y bajó con ella en menos de 20 minutos. La misma con la que había llegado del hospital.

Mauro puso unas llaves sobre la mesa.

—Tengo un departamento cerca. Te puedes quedar ahí mientras.

Hasta él parecía sorprendido de estar ofreciendo eso. Jimena ya no tenía ganas de interpretar gestos tardíos como bondad.

—No es necesario. Ya reservé un hotel.

A Mauro se le endureció la cara.

—Vaya. Ya traías todo listo. Parece que estabas desesperada por largarte.

Jimena no respondió. Tomó la maleta y salió.

Aquella noche, Tomasa le mandó varios mensajes. Le contó que la sopa digestiva favorita de su mamá no la sabía hacer nadie porque en realidad siempre la había preparado Jimena. Que Renata intentó ayudar y casi incendia la cocina. Que todas las flores del invernadero, las mismas que Jimena cuidaba desde que volvió a Monterrey, se secaron cuando Renata quiso encargarse. Que el té favorito de su papá solo existía porque Jimena lo traía del rancho de sus abuelos. La señora parecía querer recordarle que sí era necesaria. Pero Jimena ya no encontraba consuelo en ser útil para quienes nunca la quisieron.

Días después, en su consulta de seguimiento, se volvió a topar con Emiliano. Solo entonces descubrió que además de heredero, también era médico y que el hospital pertenecía a su familia.

Revisó su expediente con una seriedad que no combinaba con la ligereza de su primera impresión.

—Tus síntomas son delicados. Si no recibes tratamiento, la apatía puede volverse permanente.

Jimena lo observó.

—No quiero tratarme.

—Como doctor, respeto tu decisión —dijo él—. Como amigo, te pregunto por qué.

—Porque sentir otra vez no me traería nada bueno.

Emiliano cerró la carpeta despacio.

—Está bien. Pero si cambias de idea, vienes conmigo.

Cuando salió del hospital, Mauro la estaba esperando afuera del hotel.

—Regresa a la casa. Mamá y papá te extrañan.

—No voy a regresar.

—¿Vas a seguir viviendo aquí? La gente va a pensar que te tratamos mal.

Jimena lo miró unos segundos.

—¿Y no?

Mauro apretó la mandíbula. Ella se dio media vuelta y cruzó la calle para comprar café. Fue entonces cuando escuchó el grito.

—¡Cuidado!

Un coche venía directo hacia ella, acelerando sin freno. Todo ocurrió en cámara lenta. Al volante iba Renata. Su cara, deformada por el odio, era irreconocible. Jimena alcanzó a leerle los labios antes del impacto.

Muérete.

Luego vino el golpe, el pavimento, la sangre y la nada.

La operación duró 4 horas. Mauro se quedó afuera del quirófano, inmóvil, con las manos heladas. Cuando llegaron sus padres, él creyó por un segundo que por fin preguntarían por Jimena.

—¿Y Renata cómo está? —soltó su mamá, desesperada—. ¿La detuvieron?

Mauro tardó en reaccionar.

—¿Me estás preguntando por Renata? Jimena está en cirugía. Renata la atropelló.

—Pero Renata también es mi hija —dijo su mamá, quebrándose—. Está en una delegación, Mauro. Esa niña no aguanta un lugar así. Hay que sacarla.

Algo se rompió en él en ese instante. De pronto recordó demasiadas cosas. El día que fueron a traer a Jimena del rancho y Renata fingió un dolor para que no fueran. La noche en que compraron regalos para Jimena y terminaron dándoselos a Renata porque la encontraron llorando. Las veces que Jimena se acercó con timidez y todos asumieron, sin pruebas, que ella quería quitarle algo a la otra. Por primera vez, vio la historia completa y le dio asco.

Cuando Jimena despertó, todavía mareada por la anestesia, encontró a sus padres y a Mauro junto a su cama. La escena parecía un milagro hasta que su papá habló.

—Jimena, necesitamos que ayudes a Renata.

Le explicaron que la policía tenía videos del atropello y de su intento de fuga. Sus abogados querían que Jimena declarara que todo había sido un intento de suicidio. Así Renata quedaría libre.

Jimena sintió el frío del suero recorrerle el brazo.

—O sea que después de que su hija me aventó el coche, quieren que yo la salve.

Su mamá le tomó la mano.

—Sé que es injusto, pero es tu hermana. Si la sacamos, ya luego la regañas lo que quieras.

Jimena retiró la mano con una calma que daba más miedo que cualquier grito.

—No. Voy a denunciarla.

Su mamá se puso de pie, fuera de sí.

—¡Jimena Saldaña, no te atrevas!

En ese momento alguien intervino desde la puerta.

—La paciente necesita descansar. Todos los que no sean indispensables, afuera.

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