Su mamá apenas levantó la vista de la sopa.
—Ay, hija, es que Renata ha estado muy mal desde lo del secuestro. Le daban pesadillas con la casa anterior. Sentimos que tenía una energía horrible. Lo importante es que ya regresaste. Siéntate a cenar.
Jimena se quedó viendo la escena como si observara una telenovela ajena. Antes, esa respuesta le habría partido el pecho. Ahora no le movió nada. Se sentó sin discutir, y eso pareció desconcertarlos más que cualquier grito.
Renata se inclinó hacia ella con una expresión tierna demasiado ensayada.
—De verdad me dio muchísimo miedo salir. Ni siquiera pude ir a verte al hospital. Mamá y papá no me dejaron sola ni un segundo. No me guardas rencor, ¿verdad, Jime?
Antes de que Jimena respondiera, su papá intervino con tono fastidiado.
—No exageres. Son hermanas. Renata también sufrió mucho.
Renata soltó una risita breve, tomó un camarón y lo puso en el plato de Jimena.
—Además, tú siempre has sido la fuerte. Yo te admiro por eso.
Jimena dejó los cubiertos sobre la mesa.
—Soy alérgica al camarón.
Nadie contestó. Nadie lo recordó. Como tampoco parecían recordar que ella existía más allá de cuando les resultaba útil.
Jimena nació un 7 de julio, 3 minutos antes que Renata. Eran gemelas, pero cualquiera habría jurado que no. Desde que nacieron, su abuela materna contaba que una curandera del pueblo le dijo a sus padres que una de las niñas cargaba una sombra pesada y que si la criaban dentro de la casa, traería desgracias. No se atrevieron a deshacerse de ella, pero sí encontraron una solución cómoda: mandar a Jimena a vivir al rancho de sus abuelos en Zacatecas y criar a Renata en Monterrey como hija única. Durante 16 años, casi nunca fueron a visitarla. A veces llegaban regalos sin cariño, vestidos que no le quedaban, libros viejos, algún mensaje corto en Navidad. Cuando sus abuelos murieron y ya no hubo quién se hiciera cargo de ella, la trajeron de regreso. Jimena volvió con la ilusión tonta de recuperar una familia. Muy pronto entendió que en esa casa no había lugar para ella.
El día del secuestro lo recordaba con una nitidez atroz. Renata insistió en ir a una plaza por un vestido y luego sugirió cortar camino por un callejón. Iban solas. A medio trayecto, Renata dijo que necesitaba entrar al baño de una tienda y le pidió que la esperara afuera. Jimena apenas alcanzó a girar la cabeza cuando una mano le cubrió la boca por detrás. Después vino la oscuridad.
Cuando despertó estaba amarrada, tirada en un cuarto húmedo, con olor a gasolina y moho. Los hombres estaban furiosos porque querían a Renata y se habían llevado a la equivocada. Le tomaron fotos, llamaron a su familia, exigieron dinero. Los Saldaña se negaron a pagar. Ni un solo peso. Durante 3 días la dejaron sin comer y la golpearon con una rabia que ni siquiera era contra ella, sino contra el fracaso de su plan. Uno de ellos le dijo varias veces que era basura sin valor. Otro le arrancó mechones de cabello. El último día, cuando escuchó el estruendo de la puerta y los gritos de los policías, uno ya le estaba jalando la ropa. La sangre le nublaba la vista, pero aun así buscó entre las siluetas un rostro conocido. No apareció ninguno.
Esa noche, en la casa nueva, mientras su familia reía en el comedor, Jimena terminó de entender que seguía secuestrada, solo que ahora el encierro era otro.
—Ya terminé —dijo después de unos minutos, apartando el plato casi intacto—. ¿En qué cuarto me voy a quedar?
Su mamá pareció confundida.
—Es que todavía no se acomodan los otros cuartos.
Renata habló enseguida, con esa costumbre odiosa de defender a sus papás como si Jimena fuera siempre la agresora.
—No los presiones, Jime. Han estado súper ocupados.
Jimena la miró sin cambiar de expresión.
—No los estoy presionando.
Se limpió las manos con la servilleta y se levantó.
—Entonces voy a escoger uno vacío. Buen provecho.
Mientras subía la escalera escuchó a su papá murmurar, creyendo que ya no los oía.
—No sé de dónde sacó ese tonito.
Y la voz de su mamá, suave, consentidora:
—Tú no te preocupes, mi reina. Tómate tu caldito.
Renata remató con una frase que le heló el poco calor que le quedaba en el cuerpo.
—Yo creo que quedó traumada.
Su mamá se burló por lo bajo.
—¿Traumada de qué? Si regresó como si nada.
Jimena cerró la puerta del cuarto que encontró libre y se quedó de pie, mirando las paredes desnudas. Ni siquiera tenía fuerzas para llorar.
Mauro llegó más tarde. Alto, bien vestido, guapo de una forma fría, con la seguridad arrogante de quien siempre se sabe preferido. No era hijo biológico de los Saldaña; lo habían adoptado años atrás. Pero desde el principio se volvió otra extensión del amor familiar hacia Renata. Jimena, en cambio, siempre fue para él una intrusa que le robaba atención a la niña que más quería proteger.
Ella había intentado ganárselo muchas veces. Le cocinaba postres, le llevaba detalles, se aprendía sus gustos. Incluso había tallado a mano, en jade, un dije para su cumpleaños. Esa noche él sacó de una bolsa precisamente ese regalo y lo dejó sobre la mesa, frente a todos.
—No quiero tus cosas.
Renata abrió la bolsa antes que nadie.
—Ay, qué bonito. Hasta lo hiciste tú, ¿verdad? Te esforzaste mucho.
Mauro no apartó la mirada de Jimena.
—Nunca voy a aceptar nada tuyo.
En otra época, a Jimena se le habría quebrado la voz. Habría intentado explicarse. Habría sentido vergüenza. Pero ahora no.
—Entonces tíralo.
Mauro frunció el ceño.
—¿Qué?
Jimena tomó el dije, abrió el bote de basura del comedor y lo dejó caer ahí.
—Ya te dije. Si no lo quieres, tíralo. Ya me voy.
El silencio que siguió fue raro, casi ofensivo para ellos. Nadie entendía qué hacer con una muchacha que ya no rogaba, ya no lloraba, ya no se humillaba por migajas de cariño.
Salió a la calle, comió unos tacos en un puesto de la esquina y regresó cuando le dio la gana. Sus papás la estaban esperando en la sala con esa solemnidad que solo usaban cuando algo les convenía.
Su papá aclaró la garganta.
—Queremos hablar contigo.
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