Jimena salió a hacerse los estudios con la cabeza llena de ruido. Mientras esperaba el resultado sentada en una fila de sillas grises, no pudo evitar mirar por el cristal de la puerta cada vez que Nicolás pasaba por el pasillo. Seguía igual de alto, igual de serio, igual de insoportablemente atractivo con esa bata blanca que parecía hecha para recordarle a todo el hospital que él pertenecía a un mundo de prestigio y disciplina. Una enfermera rubia se acercó a decirle algo y se rió demasiado. Jimena sintió una punzada ridícula en el estómago. Celos. Después de 1 mes separada, después del orgullo, después del bloqueo en redes, seguía teniendo celos.
Y eso la hizo recordar la pelea final.
Habían discutido en su departamento una noche de septiembre, después de que Nicolás canceló una cena con sus papás porque le surgió una cirugía de emergencia. Jimena llevaba semanas acumulando rabia. Se sentía invisible, pospuesta, usada como descanso emocional de un hombre que siempre llegaba cuando podía, nunca cuando ella lo necesitaba. Él intentó explicarle. Dijo que no podía abandonar a una paciente en quirófano. Dijo que estaba haciendo carrera, que apenas estaba consolidando su plaza, que más adelante todo sería distinto. Pero Jimena estaba cansada de escuchar “más adelante”. Quería algo ahora. Quería sentirse elegida ahora. Y cuando él le preguntó, herido y aún controlado, si de verdad lo estaba dejando por eso, ella quiso lastimarlo para que le doliera tanto como le dolía a ella.
—Sí —le dijo, con una mueca cruel que todavía la perseguía en sueños—. Y además ni siquiera vales tanto la pena. Hay hombres que duran 1 hora. Tú no llegas ni a 5 minutos.
Nicolás se quedó blanco. No le gritó. No azotó nada. No la insultó. Solo la miró como si ella acabara de meterle un cuchillo entre las costillas. Después tomó sus llaves y se fue. Jimena cerró la puerta y se desplomó llorando antes de que el ascensor terminara de bajar. Esa noche quiso llamarlo 8 veces. No lo hizo. A la mañana siguiente él ya la había bloqueado de todas partes.
Cuando la enfermera le entregó el sobre con los resultados, Jimena supo que su vida acababa de girar sin pedir permiso. La hormona estaba alta. Todo apuntaba a embarazo. Se quedó mirando el papel como si fuera una sentencia. En su cabeza aparecieron la cara de su mamá santiguándose, la de su papá guardando un silencio decepcionado, la de su tía insinuando que las mujeres decentes no “se meten en problemas” así. Y encima de todo eso, apareció Nicolás.
Volvió al consultorio con la garganta seca. Cerró la puerta detrás de sí y le entregó los estudios sin mirarlo.
—Salió positiva —dijo bajito—. Creo que sí estoy embarazada.
Nicolás tomó las hojas. Jimena vio cómo sus ojos recorrían las cifras. Luego vio el movimiento mínimo de su mandíbula. Después, otra vez, el estetoscopio cayó de su mano. Pero esta vez no fue un accidente torpe. Fue desconcierto puro. Nicolás se puso de pie, caminó hasta la puerta y la cerró con llave. Jimena sintió el corazón en la boca.
En su mente solo había 1 idea terrible: no lo quiere.
Se le humedecieron los ojos. Dio 1 paso atrás.
—Si no quieres… yo puedo sacarlo —murmuró, temblando—. Todavía estoy a tiempo. No te preocupes. No voy a—
Nicolás la besó antes de que terminara.
No fue un beso suave. Fue un beso lleno de un mes entero de rabia, de desvelo, de deseo contenido, de arrepentimiento y miedo. La tomó del rostro como si temiera que se deshiciera entre sus manos. Jimena se quedó inmóvil 1 segundo, 2, y luego el cuerpo la traicionó como siempre le pasaba con él: se le aflojaron las piernas, se le fue el aire, se le vino encima la certeza devastadora de que seguía siendo su casa. Cuando Nicolás se separó, respiraba agitado. Por primera vez desde que la vio entrar, su mirada ya no era la del médico distante. Era la del hombre al que había partido en 2.
—No vuelvas a decir algo así —dijo con la voz ronca—. No vuelvas a hablar de ese bebé como si fuera un error que hay que borrar para que yo esté cómodo.
Jimena abrió la boca, pero no salió nada.
Nicolás apoyó ambas manos en el escritorio, como si necesitara sujetarse de algo sólido.
—Llevo 1 mes sin dormir bien. 1 mes queriendo buscarte y no sabiendo si odiarte o rogarte que regresaras. 1 mes repitiéndome que un hombre que no supo darte tiempo no tenía derecho a pedirte nada. Y vienes, te sientas enfrente de mí y me dices que estás embarazada… —Soltó una risa incrédula y breve, casi dolorosa—. Jimena, casi se me sale el corazón.
A ella se le llenaron los ojos de lágrimas.
—Pensé que me ibas a decir que no era el momento. O que tu carrera. O que tu residencia de alta especialidad. O que no podías con esto.
Nicolás dio la vuelta al escritorio y se quedó a 1 paso de ella.
—Mi carrera siempre ha importado. Sí. Pero no más que tú. El problema es que jamás supe hacerte sentir eso.
Jimena apretó las hojas del estudio contra el pecho.
—Me dejabas sola todo el tiempo, Nico.
Él cerró los ojos. Por primera vez en mucho tiempo no intentó defenderse.
—Lo sé.
Ese “lo sé” le dolió más que cualquier discusión. Porque no venía con justificación. Venía con culpa.
Jimena se sentó porque ya no podía con el temblor de las piernas. Él se acercó, se agachó frente a ella y le tomó una mano con una delicadeza que le desarmó la rabia que todavía guardaba.
—Espérame aquí hasta que acabe mi turno. No quiero que te vayas sola así. Voy a llevarte a tu casa. Voy a revisar tus estudios, a pedir el ultrasonido obstétrico y a explicarte todo como se debe. Pero antes que nada necesito que entiendas algo. No estás sola. Ni hoy ni después.
Jimena quiso creerle. De verdad quiso. Pero el miedo no se iba tan fácil.
—¿Y cuando te toque guardia? ¿Y cuando haya otro congreso? ¿Y cuando nazca el bebé y tú sigas viviendo en el hospital?
Nicolás apretó un poco más su mano.
—Entonces voy a cambiar lo que tenga que cambiar.
La dejó en el consultorio con un vaso de agua, 1 cojín en el sillón y 3 advertencias médicas que sonaron más a cuidado que a protocolo. Jimena intentó distraerse hojeando 1 libro de obstetricia que estaba sobre la mesa, pero el cansancio del susto, de las lágrimas y de las últimas semanas pudo más. Se quedó dormida sin darse cuenta.
Cuando despertó, lo primero que sintió fue movimiento. Luego calor. Después un olor conocido, limpio, sereno, el jabón de Nicolás mezclado con ese aroma tenue a hospital y loción sobria que siempre le había parecido ridículamente tranquilizador. Abrió los ojos despacio y tardó 2 segundos en comprender que iba cargada en su espalda, con los brazos alrededor de su cuello y las piernas sujetas por las manos de él.
Se incorporó apenas, ruborizada.
—Nicolás… bájame. Alguien puede vernos.
Él siguió caminando por el estacionamiento subterráneo como si nada.
—Que vean.
—Alguna residente, alguna enfermera, alguien del hospital.
—Orden médica —dijo él con una seriedad tan bien actuada que a ella se le escapó una risa nerviosa—. Mi paciente no debe hacer esfuerzos.
Jimena escondió la cara en su cuello, avergonzada y feliz al mismo tiempo, dos sensaciones que jamás había logrado separar con él. Cuando llegaron al coche, Nicolás la bajó con cuidado, pero no la soltó. La dejó entre la puerta y su pecho, atrapada en ese espacio mínimo donde la tensión siempre había sido más fuerte que cualquier lógica.
Por un instante, Jimena volvió a ver al hombre de la última pelea. No al médico frío del consultorio, sino al novio herido, orgulloso, contenido apenas al borde del incendio.
—¿5 minutos? —dijo Nicolás, mirándola directo a los ojos.
Jimena dejó de respirar.
Era la frase. La cuchillada. La humillación que le había arrojado para destruirlo. Sintió una vergüenza tan feroz que quiso agachar la cabeza, pero él no la dejó.
—Eso fue lo más cruel que me has dicho en 3 años —continuó—. Y te juro que por 1 semana entera pensé que quizá de verdad nunca te había satisfecho en nada. Ni en la cama, ni en la vida, ni en el tiempo, ni en el amor.
A Jimena se le llenaron los ojos otra vez.
—Yo no pensaba eso. Estaba enojada.
—Ya sé —dijo él, todavía mirándola fijo—. Pero dolió como si sí.
Ella quiso tocarle el brazo, pedir perdón, explicarle que había hablado desde la herida, desde la frustración, desde esa desesperación ridícula de querer que el otro sufra igual que una. Pero Nicolás se adelantó. Le tomó la cintura y la acercó más.
—Ahora te voy a decir algo yo. Ese mes sin ti fue un infierno. Llegaba a mi departamento y me quedaba viendo la taza que dejaste, la liga de pelo en el baño, el suéter tuyo que seguía en mi clóset. Operaba, atendía partos, daba consulta, sonreía cuando tocaba, pero por dentro estaba hecho pedazos. Porque sí, me lastimaste. Pero yo también te fallé. Y no pienso volver a fallarte así.
Jimena tragó saliva.
—Tenía miedo de que me odiaras.
—Te odié 2 días. —Él soltó una media sonrisa amarga—. El tercer día ya solo te extrañaba como un idiota.
Jimena dejó escapar una risa entre llanto. Nicolás entonces le tomó la mano y la llevó a su pecho. El corazón le latía rapidísimo.
—Siente eso —le dijo—. Así estuve desde que vi tu estudio.
Ella cerró los dedos sobre la tela de la bata ya doblada sobre su brazo.
—Nicolás…
—No te voy a dar nada para que te baje la menstruación, Jimena. No te voy a dejar enfrentarte sola a esto. Y no voy a seguir siendo el hombre que siempre llega tarde a tu vida. Si me permites arreglar lo que rompí, lo voy a hacer bien.
Jimena lo miró sin entender del todo hasta que él metió la mano al bolsillo del pantalón. No sacó un anillo, todavía no, pero sí una pequeña medalla de San Benito que ella le había regalado 1 año atrás para que la llevara en las guardias.
—La he traído conmigo todo este tiempo —dijo—. Hasta cuando estaba enojado contigo. Hasta cuando te bloqueé. Hasta cuando me repetía que no te buscara. Así que escucha bien porque no lo voy a decir a medias. Quiero casarme contigo. Quiero que ese bebé nazca sabiendo que sus papás aprendieron a dejar el orgullo a tiempo. Quiero que vivas conmigo otra vez. Quiero reorganizar mi vida, recortar turnos, dejar congresos si hace falta, pedir ayuda, mandar al demonio lo que tenga que mandar. Pero no quiero perderte otra vez.
Jimena sintió que el suelo se movía. Todo lo que había imaginado escuchar de él era miedo, cálculo, distancia. No esto.
—¿Y tu carrera? —susurró.
Nicolás le besó la frente.
—Mi trabajo es salvar vidas. Y si algo me enseñó esta profesión es que hay personas que no se pueden dejar para después. Tú y este bebé son eso para mí.
Jimena rompió a llorar de verdad. No con lágrimas elegantes ni contenidas, sino con el llanto profundo de quien lleva demasiadas semanas siendo fuerte por orgullo. Apoyó la frente en su pecho y lloró por el susto, por la culpa, por la humillación, por el miedo a sus papás, por la posibilidad de ser mamá y por el alivio brutal de descubrir que todavía había un nosotros debajo de todo el desastre. Nicolás la abrazó fuerte, sin soltarla, dejando que llorara hasta vaciarse.
Pero la vida no se puso bonita tan fácil. Porque la primera llamada difícil llegó esa misma noche.
La mamá de Jimena la marcó 4 veces seguidas. Ella no quería contestar, pero Nicolás insistió en que no huyera de todos los frentes a la vez. Así que respondió. Su madre, doña Patricia, no tardó ni 3 minutos en darse cuenta de que algo andaba mal. Jimena intentó darle vueltas, pero acabó soltándolo. Hubo 1 silencio tan largo del otro lado que hasta Nicolás, sentado junto a ella en el coche, alcanzó a sentirlo.
—¿Cómo que embarazada? —dijo al fin la señora, con esa voz filosa que podía convertir cualquier sala en un tribunal—. ¿Y sin casarte? ¿Qué va a decir tu papá? ¿Qué clase de hombre te hizo esto?
Jimena apretó el celular con rabia.
—Nadie “me hizo” nada, mamá. Nicolás y yo…
—¿Nicolás? ¿El médico ese que nunca tenía tiempo para ti? ¿Con ese volviste?
Jimena cerró los ojos. Claro. Tenía razón en estar furiosa. Pero escuchar desprecio en vez de contención la hizo erguirse.
—No he vuelto “con él” como si fuera un castigo. Lo amo. Y estoy embarazada.
La madre soltó una exclamación ahogada, mezcla de decepción y espanto.
—Tu papá se va a poner muy mal.
Nicolás extendió la mano en silencio. Jimena dudó 1 segundo y luego le pasó el teléfono. Él habló con una calma impecable, casi quirúrgica.
—Señora Patricia, soy Nicolás Arriaga. Entiendo su molestia. Mañana mismo iré a hablar con usted y con don Ernesto. No me voy a esconder ni voy a dejar a Jimena sola en esto. Asumo mi responsabilidad completa.
Doña Patricia se quedó callada, sorprendida por la firmeza. Luego respondió más fría que nunca:
—Aquí no queremos discursos. Queremos hechos.
—Los va a tener —contestó Nicolás antes de colgar.
Jimena lo miró, entre asustada y conmovida.
—Ni siquiera sabes si mi papá te va a dejar entrar a la casa.
—Entonces hablaré en la banqueta —dijo él.
Y cumplió.
Al día siguiente manejó 1 hora y media hasta Tepatitlán con Jimena a su lado y 1 ramo discreto para la señora Patricia, que claramente no la ablandó. Don Ernesto los recibió en la sala con esa rigidez de hombre ranchero que siente que la dignidad de su casa está bajo juicio. Jimena pensó que iba a desmayarse. Pero Nicolás, que podía temblar por dentro y aun así sostener la mirada como si estuviera frente a 1 junta médica, habló claro.
Dijo que amaba a Jimena desde hacía 3 años. Dijo que había cometido el error de hacerla sentir sola. Dijo que el embarazo no era motivo de vergüenza, sino una responsabilidad que pensaba asumir con todo lo que tenía. Dijo que quería casarse con ella, no por tapar un escándalo, sino porque seguía siendo la mujer con la que quería construir una vida. Patricia lloró en silencio. Ernesto no lloró, pero sus ojos se endurecieron menos cuando escuchó la palabra responsabilidad pronunciada sin titubeos.
—Mi hija no va a ser madre soltera por culpa de un hombre que viva para el hospital —soltó al fin don Ernesto.
Nicolás no esquivó el golpe.
—Tiene razón. Y por eso voy a cambiar mi ritmo de trabajo. Ya hablé con mi jefe de servicio.
Jimena lo volteó a ver, sorprendida. Él no se lo había contado todavía.
—¿Qué hiciste?
—Renuncié a 2 congresos este año y pedí reducir guardias extras —dijo sin apartar la vista del papá—. No voy a dejar mi profesión. Pero tampoco voy a volver a usarla como excusa para descuidarla.
Doña Patricia alzó las cejas. Don Ernesto lo estudió largamente. Luego habló con voz dura, pero ya no hostil.
—Más te vale.
Aquello no fue una bendición, pero sí fue lo más cercano a una tregua. Jimena salió de esa casa temblando y se puso a llorar en cuanto subieron al coche. Nicolás la dejó llorar, luego le secó las lágrimas con el pulgar y le sonrió con una ternura cansada.
—Creo que tu papá quería golpearme al principio.
—Todavía un poquito —dijo ella entre risa y llanto.
Los días siguientes trajeron otras pruebas. La hermana mayor de Jimena insinuó que se estaba casando por presión. Una compañera del hospital soltó el rumor de que Nicolás había “embarazado a una ex” y por eso se iba a casar rápido. Una tía comentó en un grupo familiar que esas cosas pasan por vivir en la ciudad “como si una fuera artista”. Jimena quiso romper 3 veces el celular. Nicolás quiso ir a callar gente 5 veces. Al final hicieron lo único que de verdad importa cuando el ruido de afuera amenaza con contaminarlo todo: cerraron filas.
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