Él la acompañó a cada estudio. Ella volvió a quedarse en su departamento. Él retiró las cajas con expedientes de la mesa del comedor para convertir un rincón en espacio para el bebé. Ella descubrió que Nicolás, tan inútil para recordar aniversarios, era sorprendentemente bueno preparando desayunos para las náuseas, calentando tortillas a la temperatura exacta y aprendiendo a tiempo cuál olor le revolvía el estómago y cuál la calmaba. Cuando a Jimena le dio 1 madrugada de ansiedad y se puso a llorar diciendo que no sabía si estaba lista para ser mamá, Nicolás no le dio frases vacías. Solo la abrazó por detrás, le acarició el vientre todavía apenas insinuado y le susurró:
—No tienes que estar lista para todo hoy. Solo para mañana. Y mañana yo voy a estar aquí.
Eso, al final, era lo que siempre había querido escuchar.
El ultrasonido de las 8 semanas los dejó en silencio. El latido apareció en la pantalla, pequeño, rápido, terco, y Jimena sintió que el mundo entero se reducía a ese sonido diminuto. Volteó a ver a Nicolás. Él tenía los ojos vidriosos y una sonrisa que parecía no caberle en la cara.
—Ahí está —dijo, como si estuviera presenciando un milagro aunque hubiera visto cientos—. Nuestro bebé.
Jimena le apretó la mano tan fuerte que él soltó una risa nasal.
—No me sueltes —susurró ella.
—Ni loco.
1 semana después, Nicolás llegó a casa con 1 caja pequeña de terciopelo azul. Jimena lo miró desde el sillón, donde estaba doblando unos suéteres viejos que todavía no sabía si guardar o tirar. Él se arrodilló sin ceremonia exagerada, sin discursos ensayados, con esa honestidad desnuda que siempre le salía mejor que la romanticería.
—No quiero pedirte matrimonio porque estés embarazada. Quiero pedírtelo porque incluso cuando me odiaste, cuando me heriste, cuando me dejaste, seguías siendo tú. Y yo, aun siendo un idiota con horarios imposibles, seguía queriendo volver a ti. Así que te lo voy a preguntar bien. Jimena Ruiz, ¿te quieres casar conmigo y dejarme demostrarte todos los días que ya aprendí la lección?
Ella lloró antes de contestar. Luego se rió de sí misma, se secó la cara con el dorso de la mano y extendió los dedos.
—Sí. Pero si me vuelves a dejar plantada por 1 congreso, te arranco la cabeza.
Nicolás soltó una carcajada que le transformó el rostro.
—Trato hecho.
El anillo brilló en su mano bajo la luz tibia de la sala. No era enorme ni escandaloso. Era elegante, firme, exacto. Como él. Jimena lo contempló con una emoción tan profunda que se sintió ridícula por haber pensado que la consulta cara solo le iba a dejar una receta. En lugar de eso, le había devuelto 3 cosas que creía perdidas: a Nicolás, a la esperanza y a una versión más valiente de sí misma.
Con el tiempo, la gente siguió opinando, claro. Siempre opinan. Que si fue muy rápido. Que si el embarazo los obligó. Que si un médico tan cotizado seguro no iba a cambiar nunca. Que si Jimena perdonó demasiado fácil. Pero nadie vivía dentro de ese departamento excepto ellos 2. Nadie veía a Nicolás llegar más temprano y dejar el celular boca abajo para cenar con ella. Nadie veía a Jimena aprender a pedir lo que necesitaba sin esperar a explotar. Nadie veía las noches en que se quedaban acostados hablando de nombres, de miedos, de cunas, de dinero, de cómo no repetirían los errores de sus propios padres. Nadie escuchó a Nicolás una madrugada, cuando creyó que ella dormía, apoyar la mano sobre su vientre y decir bajito:
—Gracias por regresarme a tu mamá.
Jimena abrió los ojos en silencio y sintió que algo dentro de ella por fin terminaba de acomodarse.
A veces el amor de la vida no se pierde por falta de amor, sino por exceso de orgullo, por cansancio, por tiempos mal puestos, por palabras dichas con la intención exacta de herir. A veces 1 mes alcanza para destruir casi todo. Y a veces también alcanza para entender qué merece quedarse. Jimena había entrado a ese hospital temblando, dispuesta a pedir una salida rápida para un retraso que la aterraba. Salió con 1 diagnóstico, sí, pero también con una promesa, con un anillo, con un padre de su hijo dispuesto a pelear por ellos y con la certeza brutal de que el hombre que creyó haber perdido seguía ahí, de pie, esperándola del otro lado del miedo. Y cada vez que meses después recordaba el ruido del estetoscopio cayendo 2 veces en el consultorio, no podía evitar sonreír, porque entendía que incluso el médico más serio, el más controlado, el más respetado del hospital, también se había derrumbado igual que ella en el instante preciso en que supo que estaban a punto de dejar de ser 2 para convertirse, por fin, en una familia.
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