Solo no imaginaba que el médico que me atendería sería precisamente mi exnovio.

Solo no imaginaba que el médico que me atendería sería precisamente mi exnovio.

A Jimena se le heló la sangre en cuanto levantó la vista y vio el nombre del médico en la placa del consultorio, porque de todas las ginecólogas, internistas y especialistas que podían tocarle aquella mañana en el hospital privado de Guadalajara, el destino le había puesto enfrente justo al hombre al que había destrozado 34 días antes: el doctor Nicolás Arriaga, su exnovio, el hombre al que todavía amaba y al que había herido con una crueldad que ni ella misma había podido perdonarse. Entró con las piernas temblando, con el retraso de casi 6 semanas pesándole más que la bolsa, más que la culpa, más que el miedo a que sus papás, tan católicos y tan estrictos allá en Tepatitlán, se enteraran de que quizá estaba embarazada sin estar casada. Y cuando lo vio al fondo del consultorio, con el cubrebocas puesto, la bata impecable y esa forma tan suya de mantenerse recto, limpio, inalcanzable, sintió que el pecho se le desacomodaba. Nicolás alzó apenas la mirada. No hizo ningún gesto. Solo señaló la silla frente al escritorio.

—Siéntate.

Jimena obedeció porque no le salió hacer otra cosa. Había conseguido esa cita de milagro gracias a una conocida de su prima que trabajaba en admisión, y había pagado más de 600 pesos que no le sobraban. Venía decidida a pedir un medicamento para que le bajara la regla, convencida de que todo era culpa del estrés, del insomnio, de los turnos dobles en la agencia donde trabajaba y del infierno emocional en el que se había convertido ese último mes. Pero en cuanto Nicolás se sentó frente a ella y empezó a teclear su nombre con esos dedos largos que tantas veces le habían sostenido la cara, la seguridad se le hizo pedazos.

—¿Qué molestias tienes? —preguntó él, con una voz tan seca que dio miedo.

Jimena tragó saliva.

—Creo que… creo que podría estar embarazada.

Él respondió apenas con un murmullo grave, casi un sonido, pero en el segundo siguiente el estetoscopio se le resbaló de la mano y cayó al piso. El golpe metálico rebotó en las paredes blancas del consultorio y a Jimena se le encendieron hasta las orejas. Quiso salir corriendo. Quiso desaparecer. Quiso volver 1 mes atrás y no haber terminado con él de la manera más sucia posible. Pero entonces recordó lo que había pagado, el tiempo que había tardado en conseguir cita y la vergüenza de tener que empezar de nuevo con otro médico. Así que se obligó a quedarse sentada.

Nicolás se agachó, recogió el estetoscopio, lo dejó sobre el escritorio y volvió a ponerse en modo doctor, como si el tropiezo no hubiera existido.

—¿Cuándo fue tu última menstruación?

Jimena miró el piso.

—Creo que el 18 de agosto.

Nicolás levantó los ojos.

—¿Crees?

—O el 16… no sé. Nunca anoto esas cosas.

Él se quedó viéndola fijo, y bajo la luz blanca del techo sus ojos parecían todavía más oscuros, todavía más severos, todavía más peligrosos para una mujer que llevaba semanas intentando convencerse de que ya lo había superado.

—¿Tienes náuseas? ¿Mareo? ¿Dolor?

—No mucho. Solo cansancio. Y sensibilidad en el pecho. Pero eso también me pasa cuando ando toda alterada. Seguro es eso. ¿No me puedes dar algo para que me baje y ya?

Nicolás no respondió de inmediato. Tecleó algo más, se reclinó apenas en la silla y luego habló como médico, pero con una tensión debajo de la voz que Jimena reconoció enseguida.

—Hay muchas causas para un retraso. Embarazo es una de ellas. Primero te vas a hacer una prueba cuantitativa en sangre y un ultrasonido. Regresas con los resultados.

Jimena frunció el ceño, fastidiada más por los nervios que por el trámite.

—No necesito todo eso. Solo necesito que me des algo. Antes ya me ha pasado por estrés.

—Y hoy no estás “antes”. Hoy estás aquí conmigo como paciente y voy a hacer bien mi trabajo.

Aquella frase le dolió más de lo que debía. Paciente. No Jimena. No amor. No siquiera un “¿cómo has estado?”. Solo paciente. Eso le recordó de golpe por qué lo había dejado, o al menos por qué decía haberlo dejado. Porque Nicolás era un hombre admirable y agotador al mismo tiempo. Cirujano obstetra, brillante, respetado, obsesivo con su trabajo. Capaz de pasar 18 horas en el hospital sin comer bien, sin dormir, sin responder mensajes. En 3 años juntos, Jimena había celebrado más cumpleaños sola que acompañada. Más cenas recalentadas que citas reales. Más videollamadas apresuradas que abrazos tranquilos. De día, Nicolás siempre estaba ocupado. De día, parecía pertenecerle más a los pacientes que a ella. Pero en la noche, cuando por fin llegaba rendido al departamento y cerraba la puerta detrás de sí, era otro hombre. Tierno. Intenso. De esos que no hablaban mucho, pero sí sabían mirar, tocar, quedarse. Tal vez por eso dolía tanto. Porque nunca era un mal hombre. Solo era un hombre que parecía amar desde un lugar lejano.

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