¡SANGUIJUELAS HUMANAS! CREÍAN QUE ESTABA MUERTA Y CONFESARON SUS CRÍMENES EN EL HOSPITAL, PERO NO SABÍAN QUE LA MILLONARIA GRABÓ TODO… ¡EL FINAL ES DE INFARTO! Mira esto
La pareja salió de la habitación, compartiendo un beso victorioso en el pasillo, sin notar que los ojos de Isabel se abrieron de golpe en cuanto la puerta se cerró.
El Despertar de la Justicia
Con un movimiento fluido y carente de debilidad, Isabel se arrancó la máscara de oxígeno. No había coma. No había muerte cerebral. Bajo la sábana, su mano derecha sostenía un smartphone de última generación que había registrado cada palabra, cada risa y cada confesión de asesinato frustrado.
—¿Abogado? —dijo Isabel por el teléfono, su voz era un susurro de acero—. Tengo la grabación. Llama a Ricardo. Dile que el McLaren de Julián tiene nuevos objetivos. Y trae a los guardias. Quiero que el mundo vea cómo caen estos parásitos.
Isabel se levantó de la cama. Bajo la bata de hospital, llevaba ropa negra de asalto. Ella no era una víctima; era la arquitecta de su propia resurrección.
La Trampa en la Sala de Espera
Media hora después, Alberto y Lorena estaban sentados en la sala de espera privada, revisando documentos legales con una avaricia que les brillaba en los ojos. Estaban tan absortos que no escucharon el rugido de un motor de alto rendimiento estacionándose en la entrada de emergencias.
De repente, las puertas automáticas se abrieron. Ricardo entró con su placa de Comisionado en la mano, seguido de Julián. Pero no venían solos. Detrás de ellos, una corriente de aire gélido invadió el hospital, y las luces comenzaron a parpadear con una frecuencia violenta.
—¡Alberto! —rugió Ricardo—. Estás bajo arresto por intento de homicidio y conspiración.
Alberto se levantó, fingiendo indignación. —¡Ricardo! ¿Qué locura es esta? Mi esposa está muriendo ahí dentro y tú vienes con estas acusaciones…
—¿Muriendo? —una voz femenina y potente interrumpió desde el fondo del pasillo.
Isabel apareció, caminando con la elegancia de una reina guerrera. En su mano, el teléfono reproducía a todo volumen la voz de Alberto diciendo: «El fallo en los frenos fue más efectivo de lo que pensábamos».
Lorena intentó escapar por la salida lateral, pero se detuvo en seco. Frente a ella, el cristal de la puerta de emergencia se cubrió instantáneamente de escarcha. Una figura pequeña, vestida con una chaqueta roja empapada y ojos de oscuridad absoluta, bloqueaba el camino.
—Elena… —susurró Lorena, reconociendo el rostro de la leyenda familiar.
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