¡Firma de una vez, muerto de hambre! No tengo todo el día para perderlo con un fracasado como tú.

¡Firma de una vez, muerto de hambre! No tengo todo el día para perderlo con un fracasado como tú.

—Firma de una vez, mantenido. No me hagas perder más tiempo con alguien tan poca cosa.

Ariadna le aventó el bolígrafo a Iván sobre la mesa del juzgado familiar de Guadalajara con una mueca de desprecio tan abierta que hasta la secretaria levantó la vista. Él no reaccionó de inmediato. Se quedó viendo el papel, luego sus manos curtidas, marcadas por cortadas viejas, quemaduras leves y una grasa que parecía no quitarse nunca, aunque se las tallara hasta lastimarse. Ariadna, impecable en su traje beige, con el cabello recién planchado y los labios color vino, lo miraba como si él fuera una vergüenza que llevaba años arrastrando y por fin hubiera decidido sacar de su vida. Habían pasado 9 meses en audiencias, escritos, reclamos y humillaciones. Desde que ella consiguió el puesto de directora regional de una firma inmobiliaria, dejó de tolerar que su marido siguiera entrando a casa con botas de taller, olor a metal caliente y el cansancio pegado en la espalda. Primero dejó de invitarlo a reuniones. Luego empezó a pedirle que no hablara mucho cuando coincidían con sus amigos. Después lo mandó al cuarto de visitas con el pretexto de que roncaba. Finalmente, lo demandó por divorcio diciendo que estaba harta de vivir con un hombre sin visión, sin clase y sin futuro.

—La casa se queda conmigo porque yo soy la que la ha hecho valer —dijo Ariadna, acomodándose la pulsera de oro sin mirarlo de frente—. La camioneta también. Y te conviene aceptar que te estoy dejando salir barato. Con lo que ganas, no podrías ni pagar el mantenimiento del fraccionamiento.

Iván siguió callado. El licenciado Salcedo, su abogado, le tocó apenas el antebrazo por debajo de la mesa. Ese gesto breve significaba lo mismo de las últimas semanas: aguanta, todavía no. Ariadna confundió el silencio con derrota y sonrió con una suficiencia que ya se había vuelto costumbre. Junto a ella, su abogada hojeaba el convenio con aire de triunfo. Ya habían repartido los muebles, la cuenta compartida, las vacaciones pendientes de liquidar y hasta la cafetera italiana que Ariadna insistió en llevarse por puro capricho. Lo único que faltaba era la firma final de Iván para dejarlo oficialmente fuera de la casa que ayudó a pagar cuando todavía creían que iban a envejecer juntos.

—De verdad me das pena —soltó Ariadna, inclinándose hacia él—. A veces pienso que me equivoqué desde el primer día. Mis amigas tenían razón. Un hombre que vive metido en un taller termina oliendo a fracaso.

Él levantó por fin la mirada. No había rabia en sus ojos. Había algo peor: cansancio. Ariadna lo notó y eso la irritó más. Llevaba meses empujándolo, picándolo, queriendo verlo rogar, llorar o romperse. Pero Iván seguía ahí, entero, con una quietud que ella no sabía leer.

—¿Vas a firmar o no? —insistió.

Iván tomó el bolígrafo, lo giró entre los dedos y lo dejó otra vez sobre la mesa. Ariadna soltó una risita burlona.

—Mira nada más. Hasta para perder hay que tener dignidad, y ni para eso te alcanza.

La jueza ya estaba lista para concluir cuando el licenciado Salcedo se puso de pie con la calma de quien ha esperado ese momento desde hace mucho.

—Con el debido respeto, su señoría, antes de que mi cliente firme cualquier renuncia definitiva, existe una obligación legal de transparentar un activo que no ha sido contemplado en este convenio.

Ariadna frunció el ceño y luego soltó una carcajada seca.

—¿Qué activo? ¿Las llaves inglesas? ¿Un compresor viejo? Quédense con todo el mugrero del taller, a mí no me interesa.

—No estamos hablando de chatarra —respondió Salcedo.

Sacó de su portafolio un sobre grueso color arena, lo abrió con parsimonia y deslizó un documento bancario sobre la madera. Ariadna lo tomó de mala gana, todavía sonriendo, convencida de que sería alguna maniobra ridícula para retrasar lo inevitable. Pero conforme sus ojos recorrieron el estado de cuenta, la sonrisa se le fue deshaciendo. Primero parpadeó. Después apretó el papel con ambas manos. Luego se puso tan pálida que por un instante pareció que se le borró el maquillaje.

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