Su corazón empezó a latir tan fuerte que temió que los demás pudieran oírlo.
Su silla rozó el suelo cuando la empujó hacia atrás, pero no dio un paso adelante inmediatamente.
Se quedó allí, observándola. No puede ser, pensó.
Ahora sus manos temblaban más. Dio un paso cauteloso hacia ella y volvió a detenerse. ¿Y si estaba equivocado? ¿Y si la memoria le estaba jugando una mala pasada?
Ella giró ligeramente la cabeza, como si percibiera movimiento.
Daniel tragó saliva. “¿Catherine?”, dijo, con la voz apenas más que un suspiro.
“No puede ver, por si aún no te has dado cuenta”, dijo secamente la enfermera.
Ignorándola, Daniel volvió a preguntar: “Catherine, ¿eres tú?”.
La habitación pareció encogerse y la mujer se puso rígida.
La enfermera miró entre ellos, confusa.
“¿Sí?”, respondió en voz baja. “¿Quién es?”
Daniel se acercó, cada paso deliberado, como si cruzara un puente frágil.
“Soy Daniel”, dijo.
El silencio que siguió fue pesado y suspendido.
Sus dedos se apretaron alrededor del brazo de la enfermera. “¿Daniel?”, repitió, casi incrédula.
Él alargó suavemente la mano y se la tocó. “Sí. ¿Aún tienes la pulsera?”
Se le cortó la respiración y le tembló la mano.
Daniel estudió su rostro y supo que se trataba de su desaparecida Catherine. El tiempo había dejado su huella, pero su dulzura seguía brillando en su expresión.
“Daniel”, volvió a susurrar, esta vez con reconocimiento.
La enfermera se apartó, con la comprensión reflejada en su rostro.
Catherine levantó las manos lentamente, buscando. Daniel se las llevó a la cara. Las yemas de sus dedos trazaron las líneas que la edad había esculpido en su piel, la curva de su mandíbula, la forma familiar de su frente.
Dejó escapar una risa temblorosa que se rompió en sollozos silenciosos. “Eres tú”, dijo. “Puedo sentirlo”.
Las lágrimas nublaron la vista de Daniel, que la abrazó. La sentía más pequeña de lo que recordaba, más frágil, pero inconfundiblemente la misma.
“Creía que habías muerto”, murmuró ella contra su hombro.
“Yo pensaba lo mismo de ti”, respondió él, riendo entre lágrimas.
Se sentaron juntos largo rato durante la cena, con las manos entrelazadas sobre la mesa, entre los dos.
“Te escribía cartas”, dijo Daniel, con voz temblorosa. “Todas las semanas. Volvían. ¿Qué pasó, Catherine?”
Ella asintió lentamente. “Tuvimos que cambiarnos de casa enseguida. La que nos dio la empresa de mi padre era insegura debido al moho que había por todas partes”.
Continuó: “Nos trasladaron al otro lado de la ciudad y entonces ocurrió algo…”. Se le quebró la voz. “Tenía muchas ganas de buscarte, pero no tenía fuerzas para hacerlo”.
Daniel cerró los ojos un momento, pensando en otra calle, otro barrio, un pequeño cambio logístico que había hecho que ella nunca recibiera sus cartas.
Pero ella sabía dónde vivía.
¿Por qué no se había puesto en contacto? ¿Qué era ese “algo” que había ocurrido?
“Puedes contarme cualquier cosa, Catherine. Te he amado durante seis décadas y nunca he dejado de hacerlo”, dijo él, cogiéndole las manos. “¿Qué ocurrió?”
Le corrieron lágrimas por la cara y a Daniel le dolió el corazón sólo de verla tan emocionada.
“Nuestro bebé murió”, susurró.
Las palabras golpearon a Daniel con más fuerza que nada. ¿Su bebé? Los recuerdos de su apasionada noche juntos en el baile de graduación volvieron a la memoria y Daniel se dio cuenta de que Catherine se había quedado embarazada.
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