La fiesta terminó en veinte minutos. Los invitados recogieron a sus hijos, inventaron pendientes, se fueron sin mirar a los ojos. Solo mi prima Lucía me abrazó en la cocina y me susurró:
—Perdóname. Yo sabía que Beatriz estaba apostando con varios a que Alejandro te iba a dejar. Debí decírtelo antes.
Sentí asco. No tristeza. Asco.
Esa noche, cuando todos se fueron, Alejandro abrió la puerta del cuarto. Tenía a Valentina dormida en brazos, con sus rizos rojos pegados a la frente. Sus ojos estaban hinchados de llorar.
—Perdóname —me dijo—. Dejé que se me metieran en la cabeza.
Yo quería abrazarlo y gritarle al mismo tiempo.
Entonces me confesó algo que me partió el pecho: ya había hecho una cita para una prueba de ADN. Pensaba ir sin decirme nada.
Se sentó en la cama, derrotado.
—No porque no la ame. La amo más que a mi vida. Pero cada comentario, cada burla, cada mirada… me estaba volviendo loco.
Yo respiré hondo. Me dolía, pero también entendí que Beatriz no había hecho una broma: había sembrado una enfermedad.
—Hagámosla juntos —le dije—. No para probarte nada a ti. Para matar de una vez el veneno que ella metió en esta casa.
Tres días después llegó el resultado.
Alejandro abrió el sobre en la cocina mientras Valentina comía plátano en su sillita. Sus manos temblaban. Leyó en silencio y luego me mostró la hoja.
“Probabilidad de paternidad: 99.99%”.
Alejandro se quebró. Lloró como un niño, abrazado a mí, mientras nuestra hija golpeaba la charola con su cucharita.
Pero justo cuando creí que por fin podríamos respirar, mi papá me llamó.
—Mariana —dijo con voz grave—. El abogado encontró más movimientos. No fueron 280 mil pesos. Beatriz robó casi 410 mil.
Y lo peor todavía no salía a la luz…
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