PARTE 2
Mi tía Beatriz abrió la boca, pero no dijo nada. Por primera vez en su vida, se quedó sin chiste, sin risita, sin veneno disfrazado de humor.
—¿De qué estás hablando? —preguntó mi mamá, con la voz quebrada.
Yo no aparté la mirada de Beatriz.
—Hablo de los cheques que aparecieron firmados por mi abuela cuando ya ni siquiera podía sostener una cuchara. Hablo de transferencias a la cuenta de Beatriz. Hablo de dinero que desapareció mientras todos creíamos que ella la estaba cuidando.
Beatriz intentó reírse.
—Estás enferma, Mariana. Inventas cosas porque no aguantas una broma.
—Tengo copias —le dije—. Estados de cuenta, firmas comparadas, fechas. Todo.
Mi papá se puso de pie lentamente. Nunca lo había visto con esa cara.
—Beatriz, dime que esto no es cierto.
Ella agarró su bolsa, empujó la silla y salió casi corriendo de la casa. Nadie la siguió.
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