Me acerqué por puro reflejo. Levanté el vaso, se lo puse en la mano y, cuando le vi bien la cara, sentí que el aire se me atoró en el pecho.
Era don Ernesto.
Mi exsuegro.
El mismo hombre que durante mis cinco años de matrimonio me trató mejor que mi propio padre. El que me defendió cuando Julián empezó a cambiar. El que lloró conmigo el día que descubrí la infidelidad y me fui con mis maletas. El que me abrazó bajo la bugambilia del patio y me metió a escondidas un sobre con dinero en la bolsa del abrigo, pidiéndome perdón por el hijo que había criado.
Pero ese hombre ya no parecía él. Estaba flaco, pálido, con la ropa mal puesta y una mancha de orina marcada en el pantalón. Sus ojos, antes vivos, tenían una tristeza tan honda que me dolió más que el recuerdo de cualquier traición.
—¿Don Ernesto? —susurré.
Él tardó unos segundos en reconocerme. Cuando lo hizo, le brilló la mirada… y enseguida bajó la cabeza con vergüenza.
—Camila, hija… qué pena que me veas así.
Sentí un nudo en la garganta.
Julián me había jurado el día del divorcio que se lo llevaría a vivir con él a Monterrey, que su padre no volvería a preocuparse por nada en la vida. Eso dijo. Eso presumió. Entonces, ¿qué hacía don Ernesto abandonado en ese asilo, solo, sucio y con esa mirada rota?
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