Nos colocaron primero en casas distintas, y eso nos rompió de otra manera. Después, una familia de Zapopan aceptó recibirnos a las cuatro. Teníamos cuartos separados. Al principio dormíamos juntas en la sala porque la libertad también da miedo cuando nunca te enseñaron a usarla.
Nuestra nueva tutora no nos obligaba a elegir rápido. Si una quería cereal y otra chilaquiles, estaba bien. Si una quería silencio y otra música, también. Parecía sencillo, pero para nosotras era como aprender a caminar otra vez.
Un día, en una farmacia, compré toallas sanitarias sin esconderlas. La cajera las pasó como cualquier producto. Nadie gritó. Nadie midió mi cuerpo. Nadie me castigó por ser distinta.
Lloré camino a casa.
Meses después fuimos a una estética. Ximena se cortó el cabello cortísimo. Camila se lo dejó largo. Valeria se pintó un mechón rojo. Yo pedí capas suaves, solo porque me gustaban.
Cuando salimos, no parecíamos una colección. Parecíamos hermanas.
Mi mamá nos mandó una carta diciendo que algún día entenderíamos que todo fue por amor. No contestamos. Nuestro terapeuta dijo algo que nunca olvidé: el amor que necesita borrarte para conservarte no es amor, es posesión.
Ahora seguimos sanando. A veces discutimos. A veces nos copiamos sin querer. A veces una elige algo y las demás tenemos que recordarnos que no estamos obligadas a seguirla.
Pero también reímos distinto. Caminamos distinto. Soñamos distinto.
Y si algo aprendí es esto: una familia no debería exigirte desaparecer para pertenecer.
Nosotras casi perdimos nuestros nombres, nuestras voces y nuestros cuerpos por culpa de unos padres que confundieron perfección con control.
Hoy somos Sofía, Valeria, Ximena y Camila.
Cuatro hermanas.
No cuatro copias.
Leave a Comment