El Oficial Medina volvió con noticias. Habían conseguido una orden para revisar la casa. Encontraron las cerraduras por fuera, las cámaras, las libretas de medidas, los correos con el doctor Robles y fotos nuestras marcadas con líneas rojas donde iban a cortar.
Pero lo peor vino después.
Patricia me mostró un documento de la clínica. No solo planeaban arreglar narices y pómulos. También querían quitarnos costillas para igualar torsos y modificar nuestras cuerdas vocales para que habláramos con el mismo tono.
Sentí ganas de vomitar.
En ese momento, por la ventilación del cuarto, escuché un susurro.
—¿Sofía?
Era Camila. Su voz rota, bajita, viva.
Golpeé la pared tres veces.
Ella respondió dos.
Inventamos un código: tres golpes era “aquí estoy”, dos era “tengo miedo”, cuatro era “te quiero”.
Durante la noche, nos hablamos con golpes como niñas escondidas bajo la mesa durante una tormenta.
Al día siguiente, mi teléfono apareció entre las cosas que le quitaron a mi papá. Tenía mensajes de un número desconocido.
“Todavía podemos arreglarlas.”
“Todavía pueden ser perfectas.”
“Nos deben obediencia.”
Le enseñé todo a Patricia. Ella se puso seria y llamó al oficial.
Esa tarde nos dijeron que mis papás estaban intentando convencer al juez de que todo era una persecución contra su forma de educarnos.
Y faltaba lo peor: yo tendría que declarar frente a ellos.
Ahí entendí que la verdad apenas estaba empezando a salir…
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