Eso fue todo. El cuarto 304. Esa noche regresé a mi casa hecha ceniza, pero no derrotada. Entré y el atole se había tirado por un lado de la olla; la cocina olía a leche quemada y canela amarga. La puerta estaba mal cerrada. Me senté en la oscuridad de la sala y dejé que el silencio me aplastara unos minutos, pero cada vez que cerraba los ojos veía las manos de Iván sobre mis brazos, su voz pidiéndome confianza, y algo dentro de mí, algo mucho más viejo que el miedo, me repetía que ahí había una mentira. Entonces recordé una conversación de 4 días antes. Abril estaba sentada en el borde de su cama, con una mano sobre la panza, y me preguntó con una tristeza que en ese momento no supe leer:
—Mamá, ¿tú crees que una mujer puede tardarse años en darse cuenta de que se equivocó de vida?
Yo me molesté. Le dije una torpeza, algo sobre que el embarazo la tenía sensible, que no pensara cosas raras, que ahora debía concentrarse en el niño. Ella no discutió. Nomás me miró. Esa mirada volvió a mí esa noche como si me la hubieran clavado por dentro. A las 11:40 ya no podía seguir sentada. Me puse un pantalón negro, un suéter oscuro y agarré las llaves del coche. Si mi hija de verdad había muerto, nadie iba a impedirme verla. Y si no había muerto, yo la iba a encontrar.
Años atrás, cuando mi hermana estuvo internada, una camillera me enseñó por dónde entraban los proveedores de madrugada. Los hospitales cambian de pintura, de jefes y de enfermeras, pero no cambian tanto sus mañas. Me estacioné 2 calles atrás, rodeé el edificio por la parte de carga y encontré la puerta metálica entreabierta. El hospital de noche parecía otro animal: pasillos fríos, luces blancas, olor a cloro y cansancio, el eco de mis pasos rebotando como si yo anduviera dentro de un sueño feo. Subí por las escaleras de servicio hasta el 3 piso. Localicé el cuarto 304. La estación de enfermeras estaba a unos metros. Esperé escondida detrás de un carrito de sábanas hasta que una se fue al baño y la otra desapareció por el pasillo. Empujé la puerta con la punta de los dedos.
Adentro estaba oscuro. Solo entraba un poco de luz sucia desde el corredor. Vi una cama, un monitor apagado y una forma debajo de una sábana. Se me atoró el aire. Di 2 pasos. Luego 1 más. Estiré la mano y levanté apenas la sábana a la altura del rostro. No era Abril. Era una señora de unos 70 años, dormida, con el cabello muy corto y una mascarilla mal puesta. Me fui de espaldas contra la pared. Sentí un zumbido en la cabeza. Me acerqué a la tarjetita del expediente al pie de la cama. Decía: Martina Salgado, 71 años. Cuarto 304.
Ahí entendí que Iván no se había equivocado. Me había mandado a propósito a un cuarto cualquiera. Quería que si yo volvía a escondidas encontrara una cama ocupada, me espantara, creyera cualquier cosa y me largara rota, resignada, convencida de que él había tenido razón al no dejarme ver. La rabia me subió limpia, fría, como un vidrio nuevo. Salí del cuarto y me escondí justo cuando regresaban 2 enfermeras comentando cosas de medicamentos. Alcancé a escuchar que una mencionó el área de tococirugía. Claro. Mi hija había entrado por labor de parto. Yo, de puro dolor, había aceptado sin pensar que estuviera en un cuarto cualquiera del 3 piso. Bajé por la escalera y seguí los letreros hasta dar con una puerta automática que decía Área Materno Infantil – Acceso Restringido.
Me asomé por una ventanilla y escuché una voz detrás de mí.
—Señora, no puede estar aquí.
Era una enfermera joven, ojerosa, de esas que ya aprendieron a ocultar el cansancio detrás de la seriedad. Estuve a punto de inventar cualquier cosa, pero ya no me salían mentiras.
—Mi hija vino a parir hoy —le dije—. Su esposo me dijo que murió. No me dejó verla. Y me dio un cuarto falso.
La muchacha se quedó quieta. Fue un segundo nomás, pero suficiente. Le di el nombre de Abril, completo. Ella bajó los ojos. Yo sentí que el pecho se me abría.
—Por favor —le supliqué—. Soy su mamá. Dígame si pasó por aquí.
Volteó a ambos lados del pasillo.
—Aquí no —murmuró—. En 10 minutos baje al sótano, junto al cuarto de desechos. Y no me vuelva a hablar hasta entonces.
La esperé con el alma colgando. El sótano olía a humedad, jabón y abandono. Cuando llegó, ya se había puesto un suéter gris encima del uniforme. Parecía otra persona.
—Me llamo Marisol —dijo—. Y si usted me mete en un problema, lo negaré todo.
Asentí con la cabeza, temblando.
—Su hija no murió.
Tuve que agarrarme de la pared. No porque no lo hubiera sospechado, sino porque escucharlo me dejó sin piernas.
—¿Dónde está?
—Se la llevó su esposo hace horas.
Le pregunté por el bebé. Me dijo que estaba vivo, que nació con dificultad respiratoria leve, pero estable. Que Abril sufrió una hemorragia y debió permanecer en observación, que estaba débil, sedada por ratos, desorientada. Que no debieron haberle dado salida. Que Iván discutió con ella, con una doctora y con personal administrativo. Que antes de eso llegaron una mujer mayor y un hombre con saco a hablar con él. Que luego todo se volvió raro. Que él insistía en sacar a Abril y al bebé de inmediato. Que hubo problemas con los apellidos del recién nacido y con unos formatos.
—Su hija me agarró la mano —me dijo Marisol, bajando todavía más la voz—. Me dijo: “Si viene mi mamá, no le crean a él”.
Sentí que se me rompía el corazón de otra manera. No de duelo. De culpa. Mi hija había pensado en mí en medio de todo aquello, y yo había estado sentada en una sala creyendo la versión de un hombre que no merecía ni un segundo de confianza.
—¿A dónde se la llevó?
—No sé. Solo escuché que habló por teléfono y dijo: “Ya salimos. Que la señora no se entere. En 1 hora estamos allá”.
También me contó lo de los papeles. Que Iván quería corregir datos, que mencionó un apellido que no era el que usaba siempre, que parecía nervioso. La enfermera no entendía del todo, pero sabía que algo estaba mal. Yo sí entendí una parte. Meses antes, Abril me había pedido guardar unas copias de sus documentos “por cualquier cosa”. Acta de matrimonio, identificación, unos papeles del banco, un contrato de renta de un departamento viejo en Los Reyes La Paz que Iván decía usar como bodega de mercancía. En ese momento todo me cayó encima como una piedra.
Salí del hospital y llamé primero al licenciado Molina, un abogado que llevaba años viendo asuntos de mi familia y que siempre decía que Iván tenía sonrisa de vendedor de desgracias. Eran casi la 1 de la mañana, pero me contestó.
—Licenciado, necesito encontrar a mi hija antes de que mi yerno me la desaparezca.
No me hizo perder tiempo. Me pidió la dirección de ese departamento. También me dijo que llamara al 911 y dejara constancia de una posible privación de la libertad, alta médica irregular y riesgo para una mujer posparto y un recién nacido. Lo hice desde el coche, respirando entrecortado, repitiendo nombres, horarios, todo lo que pude. Luego manejé hacia Los Reyes con el estómago revuelto y la cabeza llena de imágenes que no me dejaban ni parpadear.
Al llegar, vi una camioneta negra estacionada frente al edificio. La reconocí porque tenía una abolladura en la salpicadera derecha que yo misma había notado una vez afuera de la casa de Abril. El licenciado Molina apareció 8 minutos después con 2 hombres de apoyo y, casi al mismo tiempo, una patrulla. Subimos al 2 piso. Departamento 2-C. Toqué primero yo.
—¡Abril! ¡Soy mamá!
No respondieron. Volví a golpear. El oficial ordenó que abrieran. Del otro lado se escucharon pasos atropellados, algo que se cayó y luego, clarito, el llanto de un bebé. Se me aflojaron las rodillas.
—¡Está ahí! —grité—. ¡Mi hija está ahí!
Iván respondió desde dentro.
—¡No pueden entrar! ¡Mi esposa está descansando!
Entonces escuché la voz de Abril. Débil, rota, pero era ella.
—¡Mamá!
No recuerdo quién empujó primero. Solo recuerdo el golpe contra la puerta y el sonido de la chapa cediendo. Entramos. El departamento estaba medio vacío, con una cuna portátil aún doblada, cajas de fórmula, bolsas de farmacia y una mesa de plástico llena de papeles. Iván estaba en la sala, despeinado, con la camisa manchada y la mirada de un hombre atrapado a medio teatro. Y al fondo, en la recámara, estaba mi hija.
Sentada en un colchón tirado en el piso.
Pálida como pared.
Con la bata del hospital debajo de un suéter.
Sudada, temblorosa, con ojeras hondas.
Y mi nieto, envuelto en una cobija verde, sobre su pecho.
Cuando me vio, empezó a llorar sin hacer ruido. Esa imagen me va a acompañar hasta que me muera. Corrí hacia ella. Iván quiso interponerse, pero el policía lo frenó. Abril alzó la mano hacia mí.
—Mamá…
Le toqué la cara. Estaba hirviendo.
—Aquí estoy, hija. Ya llegué.
El bebé se removió y soltó un quejidito. Vivo. Vivo. Mientras yo ya los había llorado a los 2. Me incliné y besé la frente de Abril y luego la cabecita del niño. Sentí que algo dentro de mí se despedazaba y se arreglaba al mismo tiempo.
—No me dejaba llamar —me dijo ella con los labios resecos.
Le pregunté qué estaba pasando. Miró a Iván y bajó la voz.
—Me quería hacer firmar.
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