La primera vez que sentí que mi yerno me estaba mintiendo no fue cuando me llamó llorando para decirme que mi hija había muerto en el parto. Fue cuando me negó la puerta y me apretó los hombros con esa falsa ternura con la que algunos hombres esconden el miedo, mirándome como si quisiera consolarme mientras en realidad me estaba cerrando el paso a la verdad. Yo me llamo Celina, tengo 58 años, vivo en San Vicente Chicoloapan y aquella tarde de viernes estaba en mi cocina meneando una olla de atole de vainilla cuando sonó el teléfono. En la pantalla apareció el nombre de Iván, el esposo de mi hija Abril. Llevaba días durmiendo con el corazón en la garganta porque Abril ya tenía 38 semanas y me había prometido que, en cuanto empezaran las contracciones fuertes, yo sería la primera en enterarme. Pensé que por fin iba a escuchar el llanto de mi nieto. En lugar de eso, escuché una respiración rota, un sollozo mal fingido y una voz quebrada que me dijo algo que todavía hoy me arde en los huesos.
—Véngase al hospital… rápido… Abril no resistió.
No recuerdo haber apagado la estufa. No recuerdo si cerré con llave o si dejé la luz prendida. Solo recuerdo el volante duro bajo mis manos, los semáforos en rojo parecían burlarse de mí y yo rezando como una loca cada vez que frenaba, diciéndole a Dios que no me hiciera eso, que no me quitara a mi hija, que no me dejara sola con ese dolor antes de siquiera conocer a mi nieto. Llegué al Hospital Regional de Ixtapaluca con la boca seca y el corazón convertido en martillo. Lo vi de inmediato. Estaba sentado en una silla de plástico gris, encorvado, con la camisa blanca arrugada y la cara húmeda, pero algo no me cuadró. Sí había lágrimas. Sí había dramatismo. Pero también había otra cosa. Algo duro. Algo pendiente. Algo que no pertenece al dolor limpio de un hombre que acaba de perder a su esposa.
Cuando me acerqué, se levantó de golpe y me sostuvo por los brazos.
—Doña Celina… lo intentaron todo.
Yo ni siquiera escuché completo. Quise correr hacia el pasillo, preguntar, gritar el nombre de Abril, meterme a donde fuera. Entonces él me frenó. No a empujones. No con brutalidad. Fue peor. Me apretó con una suavidad calculada y me dijo muy bajito, casi al oído, como si me estuviera haciendo un favor.
—No la vea así. Mejor quédese con el recuerdo bonito. Confíe en mí.
Confíe en mí.
Hay frases que se te meten como astillas y ya no salen nunca. Yo sentí que se me caía el cuerpo entero. Le pregunté por el bebé. Bajó la mirada y negó con la cabeza. Ahí sí creí que me moría yo también. Me doblé, él me ayudó a sentarme, me habló de resignación, de la voluntad de Dios, de lo injusta que era la vida. Pero mientras me decía todo eso, yo seguía mirando sus ojos. Y en sus ojos no vi devastación. Vi apuro. Vi vigilancia. Vi el miedo nervioso de alguien que necesita que una historia le sea creída cuanto antes. Entre mi llanto y el aturdimiento, alcancé a arrancarle un dato.
—¿En qué cuarto está?
Dudó apenas un segundo.
—En el 304.
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