Libres.
Alejandro apareció en la puerta.
Y lo que vio, no lo entendió.
Sintió rabia.
Entró sin decir palabra y apagó la música de golpe.
El silencio cayó como un golpe seco.
—¿Qué crees que estás haciendo? —su voz fue fría, cortante.
—Yo solo… —intentó Laura.
—No necesito explicaciones —la interrumpió—. Este no es un lugar para juegos.
Mateo bajó la mirada.
La risa desapareció.
Ese mismo día, Laura fue despedida.
Y la casa… volvió a quedarse en silencio.
Pero esta vez, el silencio no era el mismo.
Era más profundo.
Más vacío.
Y Alejandro aún no sabía que acababa de romper lo único que mantenía vivo a su hijo.
Los días siguientes no trajeron paz.
Trajeron algo peor: ausencia.
Mateo dejó de reír. No protestaba, no discutía, no pedía nada… simplemente estaba ahí, cumpliendo con cada ejercicio como si fuera una obligación sin sentido. Su mirada volvió a perderse en la ventana, pero ahora ni siquiera parecía buscar algo afuera.
Alejandro lo notaba.
Pero no sabía cómo enfrentarlo.
Una noche, casi por costumbre, revisaba las cámaras de seguridad de la casa. No buscaba nada en particular… hasta que una grabación llamó su atención. Era la habitación de Mateo. Aquella tarde.
Dudó un segundo.
Luego presionó “reproducir”.
Ahí estaba Laura.
Ahí estaba su hijo.
La imagen comenzó tranquila. Mateo sentado, serio. Laura dudando, como si no supiera si debía hacer lo que estaba a punto de hacer.
Y luego… la música.
Alejandro observó cómo su hijo cambiaba.
Cómo sus ojos se iluminaban.
Cómo reía.
No una risa educada, no una sonrisa contenida… una risa real, de esas que nacen desde lo más profundo.
Sintió algo romperse dentro de él.
Nunca lo había visto así desde el accidente.
Nunca.
Y entonces, se vio a sí mismo entrando.
Apagando la música.
Destruyendo ese momento.
Leave a Comment