PARTE 1
El sol caía sin piedad sobre el asfalto hirviente de la carretera en las afueras de la Ciudad de México. Alejandro se ajustó el traje de diseñador, respiró el aire denso y lleno de humo, y apoyó las manos en las rodillas. Su auto alemán, una máquina de lujo recién importada, estaba muerto en el acotamiento. El motor emitía un silbido extraño, negándose a arrancar. Miró la pantalla de su teléfono celular por décima vez: sin señal y con la batería al 1 por ciento.
La notificación de su calendario parpadeó en la pantalla. Faltaban solo 40 minutos para la reunión más importante de su vida en Santa Fe, un acuerdo inmobiliario masivo que duplicaría su fortuna a los 52 años de edad. Sin embargo, allí estaba, atrapado en medio de la nada. Bajó la mirada, cruzó los brazos y pateó una piedra. Los autos y camiones de carga pasaban a toda velocidad, levantando nubes de polvo que se adherían a su ropa costosa. Nadie se detenía. En esa zona, un hombre de traje junto a un auto de lujo era un blanco perfecto o un fantasma invisible.
Fue entonces cuando escuchó unos pasos pequeños y ligeros crujiendo sobre la grava, acercándose con una determinación inusual. Alejandro giró la cabeza. Una niña de unos 6 años apareció de la nada. Llevaba un vestido de algodón desgastado, huaraches de cuero y sostenía con fuerza una tradicional muñeca Lele de trapo, con sus características cintas de colores en el cabello. La pequeña se detuvo frente al imponente vehículo oscuro, miró el cofre humeante y luego fijó sus grandes ojos negros en Alejandro con una seriedad que no correspondía a su edad.
El silencio pareció pesar en medio del ruido de la autopista. Ella levantó su pequeña mano, señaló el motor y dijo con una voz firme y clara: “Señor, mi papá puede arreglarlo”.
Alejandro se quedó congelado. No fue por la frase infantil, sino por la certeza absoluta en su mirada. Algo en su tono le provocó un escalofrío inexplicable en la nuca. Con la batería de su celular agotada y la tarde cayendo rápidamente, no tenía otra opción. “Está bien, niña”, murmuró con fastidio. “¿Dónde está tu papá?”
“Cerca. Yo lo llevo”, respondió ella, extendiendo su pequeña mano. Alejandro dudó, pero terminó aceptándola. Caminaron durante 15 minutos, alejándose de la carretera principal y adentrándose en una colonia popular. Las calles sin pavimentar, los perros callejeros durmiendo bajo la sombra de techos de lámina y el olor a tortillas recién hechas contrastaban brutalmente con el mundo de cristal y mármol en el que Alejandro vivía. Llegaron a un callejón sin salida donde un portón de metal oxidado anunciaba: “Taller Mecánico El Milagro”.
“¡Papá, traje a un señor que necesita ayuda!”, gritó la niña, soltando la mano del millonario y corriendo hacia el interior.
Alejandro entró al patio oscuro, tapizado de manchas de aceite y refacciones viejas. Al fondo, debajo de una camioneta destartalada, un hombre sobre una tabla con ruedas se deslizó hacia afuera. Llevaba un overol manchado de grasa y el cabello cubierto de polvo. El mecánico se puso de pie, limpiándose las manos con un trapo. Al levantar la vista, sus ojos se encontraron con los de Alejandro.
El tiempo se detuvo por completo. El corazón de Alejandro dio un vuelco violento. Conocía ese rostro. Era Mateo. El mismo hombre al que, 8 años atrás, Alejandro había destruido sin piedad. El millonario había comprado los terrenos de la vecindad donde vivía Mateo para construir un centro comercial de lujo. Cuando Mateo le suplicó de rodillas que les diera 1 mes más de plazo para mudarse porque su esposa tenía un embarazo de alto riesgo, Alejandro rió con frialdad, ordenó el desalojo forzado de madrugada y envió a la policía antimotines. Esa misma noche, entre empujones y pánico, la esposa de Mateo entró en labor de parto prematuro en la calle y se desangró hasta perder la vida.
Antes de que Alejandro pudiera retroceder hacia la salida, una mujer mayor salió de la pequeña casa adjunta al taller. Llevaba una olla de barro en las manos. Al ver el rostro del hombre de traje, la anciana soltó la olla, que se hizo añicos contra el suelo de cemento, derramando el caldo hirviendo. Sus ojos se llenaron de un terror y una furia incontrolables.
Nadie podía creer lo que estaba a punto de suceder…
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