PARTE 1
El lujoso Audi negro avanzaba velozmente esquivando el pesado tráfico de Paseo de la Reforma. Alejandro, un exitoso y multimillonario empresario de la construcción en la Ciudad de México, acababa de aterrizar de un vuelo directo desde Houston. Había logrado cerrar un contrato colosal de más de 3 millones de dólares, un triunfo que normalmente lo tendría celebrando por todo lo alto. Sin embargo, no sentía la más mínima alegría. Una extraña y asfixiante opresión le aplastaba el pecho, como si el instinto le advirtiera de una tragedia inminente.
Durante las últimas 3 semanas, los mensajes de texto de su hija de 8 años, Sofía, lo habían dejado profundamente intranquilo. Pasaban los días y él no lograba sacarse esa inquietud de la cabeza. Sofía solía enviarle largos y divertidos audios contándole sobre sus caricaturas favoritas, pidiéndole que volviera pronto a casa y relatando sus aventuras escolares. Pero últimamente, solo recibía mensajes de texto sumamente extraños, fríos y distantes, con una ortografía y puntuación perfectas que una niña de su edad apenas dominaba: “Todo excelente, papá. Estoy estudiando mucho. Catalina me está cuidando de maravilla”.
Su instinto de padre le gritaba con desesperación que algo andaba terriblemente mal. Catalina, con quien se había casado hacía apenas 2 años, siempre se había mostrado como la madrastra perfecta. Tras la trágica muerte de la primera esposa de Alejandro, Catalina había entrado a sus vidas como la dulce, paciente y dedicada maestra particular de Sofía. Pronto se ganó la confianza absoluta de la niña y el corazón del empresario. Pero esos mensajes de texto recientes parecían haber sido dictados fríamente por un adulto calculador.
Al llegar a su imponente y silenciosa mansión en la exclusiva zona de Lomas de Chapultepec, los inmensos portones automáticos se abrieron al reconocer el vehículo. Los jardines lucían impecables, el sol de la tarde iluminaba la enorme fachada de mármol, pero faltaba lo más importante. El silencio era total. Las cortinas estaban cerradas, dándole a la casa un aspecto fantasmal y sombrío. Siempre, sin excepción, Sofía salía corriendo por la puerta principal para arrojarse a sus brazos gritando: “¡Papá, llegaste!”. Esta vez, no había nadie esperándolo.
Alejandro estacionó en el garaje, tomó sus maletas y los costosos regalos que le había comprado a Sofía en su viaje. Entró sigilosamente por la puerta principal usando su llave, queriendo sorprender a las dos mujeres de su vida. Pero antes de que pudiera pronunciar el nombre de su pequeña, una voz dura, amenazante y cargada de veneno lo paralizó en seco. Venía desde la planta alta.
“Si no has terminado esa tarea ahora mismo, chamaca inútil, ya sabes perfectamente dónde vas a ir a dormir esta noche”.
Era Catalina. Alejandro frunció el ceño, confundido y alarmado. Esa no era la mujer amorosa y comprensiva con la que se había casado. Jamás le había hablado a Sofía en ese tono tan cruel. Dejó las maletas en el piso de mármol y subió las escaleras sin hacer el menor ruido. Al llegar al pasillo superior, un sonido desgarrador lo detuvo por completo. No era el llanto normal de una niña haciendo un berrinche; era un llanto de terror puro, de pavor absoluto. El sonido provenía de la parte trasera de la casa, hacia la zona de lavandería.
El corazón de Alejandro comenzó a latir con una furia descontrolada. Avanzó por el pasillo hasta llegar a unas pequeñas escaleras que conducían al antiguo cuarto de servicio, un rincón oscuro que usaban como bodega y que siempre permanecía bajo llave. Frente a la pesada puerta de hierro, que ahora lucía un candado brillante y nuevo, escuchó la voz ronca y desgarrada de su pequeña hija.
“Por favor, mamá Catalina, te lo suplico. Ya terminé de limpiar. Prometo que no volveré a tirar la comida. Sácame de aquí, por favor, tengo mucho frío”.
A Alejandro le temblaron las piernas de rabia. La sangre le hirvió en las venas y una furia ciega se apoderó de él. Corrió hacia la amplia cocina, donde encontró a Catalina picando verduras tranquilamente, tarareando una canción de moda con una escalofriante normalidad. Al escuchar los pasos de su esposo, ella se giró lentamente, mostrando su mejor y más ensayada sonrisa.
“Mi amor, qué maravilla, regresaste antes”, dijo Catalina acercándose para besarlo. “¿Cómo te fue en el viaje?”
Nadie podía imaginar la pesadilla que estaba a punto de desatarse…
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