PARTE 1
El día que enterraron a don Alejandro Garza, el hacendado más poderoso y temido de la región tequilera de Jalisco, el cielo se desplomó en una tormenta furiosa. Parecía que la tierra misma lloraba la partida del patrón, aunque sus hijos mayores apenas lograban fingir tristeza detrás de sus costosos lentes oscuros. 3 días después del funeral, la familia completa se reunió en la lujosa oficina de un notario en la zona de Andares, en Guadalajara, para escuchar la lectura del testamento. Valeria, la hija menor, ocupó una silla de madera en el rincón más alejado. Llevaba ropa sencilla y el cansancio marcado en el rostro tras meses de dormir en el hospital cuidando a su anciano padre. Sus hermanos, en cambio, vestían trajes de diseñador y relojes que costaban más de lo que un trabajador del campo ganaba en 10 años.
El notario, un hombre de semblante severo, rompió el sello de cera del sobre. Con voz monótona, comenzó a repartir el imperio Garza. A Roberto, el primogénito soberbio, le correspondieron 200 hectáreas de agave azul y las cuentas bancarias de inversión. A Héctor, el segundo hermano, un hombre de carácter violento y negocios turbios, le tocaron 150 cabezas de ganado de registro y los contratos de exportación. A Camila, la única otra mujer, obsesionada con las apariencias y la alta sociedad, le heredó el hotel boutique, las joyas de la familia y 30 caballos pura sangre.
El silencio llenó la pesada sala antes de la última disposición. “Y a mi hija menor, Valeria”, leyó el notario ajustándose los gruesos lentes, “le dejo a El Diablo”.
Roberto fue el primero en romper el silencio con una carcajada estridente que resonó en las paredes de cristal. Golpeó la mesa de caoba burlándose sin piedad. Héctor soltó un silbido irónico, cruzándose de brazos. Camila miró a su hermana menor con un desprecio absoluto. “Un caballo loco de 19 años”, dijo Camila, arrastrando las palabras. “Te sugiero que lo mandes al matadero para que hagan barbacoa, Valeria. Ese animal inútil no sirve ni para abono. Papá siempre supo que eras la arrimada de esta familia, por eso te dejó la basura que nadie más quería”.
Valeria no derramó una sola lágrima. Se puso de pie en silencio mientras sus hermanos firmaban los documentos que los convertían en millonarios. No tenía casa, no tenía ahorros ni un lugar donde caer muerta. Al salir de la oficina, caminó 5 kilómetros bajo la lluvia constante hasta llegar a los corrales abandonados donde tenían aislado a El Diablo. El caballo, una bestia enorme de pelaje negro y lleno de cicatrices de maltrato, era el terror absoluto de los caballerangos. Había mandado al hospital a 3 domadores y destrozaba las cercas a patadas con una furia incontrolable.
Allí la esperaba don Anselmo, el viejo caporal del rancho, con las manos curtidas por el sol. “Su padre me dejó instrucciones, niña Valeria”, murmuró el anciano, entregándole un cabestro gastado. “Me pidió que le consiguiera un terrenito prestado allá por Tonalá para que se lleve al animal esta misma tarde. Don Alejandro me dijo que este caballo esconde algo enorme, pero que usted debía descubrirlo sola y a su tiempo”.
Esa misma noche, en el miserable jacal de techo de lámina donde Valeria intentaba refugiarse del frío junto al caballo intranquilo, el rugido de una camioneta interrumpió la oscuridad de golpe. Era Héctor. Bajó del vehículo tropezando, oliendo fuertemente a alcohol barato y con un pesado bidón de gasolina en la mano izquierda. Valeria salió aterrada. Héctor comenzó a rociar el combustible alrededor de las paredes de madera podrida del improvisado establo. “Ese terreno y ese asqueroso caballo me estorban para un negocio, hermanita”, escupió Héctor con una sonrisa torcida, sacando un encendedor de su chaqueta. “Si no te largas mañana mismo, te juro que los quemo vivos a los 2”. El fuego de la llama iluminó la locura en los ojos de su hermano, y nadie podía creer la tragedia que estaba a punto de suceder…
Leave a Comment