Así que esperé.
Pero pasaron semanas, luego meses, que se convirtieron en años.
Aun así, no había llamadas, ni cartas, ni nada de Edwin.
En algún momento, me di cuenta de que no podía seguir esperando, así que dejé de hacerlo.
No tenía sentido.
Para entonces, yo ya había intervenido, ya preparaba los almuerzos, asistía a los actos escolares y aprendía cómo les gustaban los huevos a cada una por la mañana. Me quedé despierta durante fiebres y pesadillas.
Firmé todos los permisos y asistí a todas las reuniones de padres.
Las chicas empezaron a llamarme cuando tuvieron su primer desengaño amoroso, su primer trabajo y su primer contacto real con la edad adulta.
En algún momento, sin que ningún gran momento lo señalara, dejaron de ser “las hijas de mi hermano”.
Se convirtieron en mías.
Dejaron de ser “las hijas de mi hermano”.
***
Entonces, la semana pasada, todo cambió.
Llamaron a la puerta a última hora de la tarde. Casi no contesté porque no esperábamos a nadie. Cuando abrí, me quedé helada. Enseguida supe que era Edwin.
Era más viejo, más delgado y tenía la cara más tensa de lo que yo recordaba, como si la vida lo hubiera desgastado.
Pero era él.
Las chicas estaban en la cocina detrás de mí, discutiendo por algo sin importancia. No lo reconocieron ni se dieron por enteradas.
La semana pasada, todo cambió.
Edwin me miró como si no estuviera seguro de si daría un portazo o le gritaría.
No hice ninguna de las dos cosas. Me quedé allí, atónita.
“Hola, Sarah”, dijo.
Quince años… y con eso se fue.
“No puedes decir eso como si no hubiera pasado nada”, respondí.
Asintió una vez, como si lo hubiera esperado. Pero no se disculpó, ni intentó explicar dónde había estado, ni pidió entrar.
En lugar de eso, metió la mano en la chaqueta y sacó un sobre cerrado.
Pero no se disculpó.
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