Una mujer que recogía chatarra acogió a una mujer.

Una mujer que recogía chatarra acogió a una mujer.

La mañana en que encontraron a Mariela metida dentro de un refrigerador viejo, con las muñecas marcadas por el plástico y la respiración tan débil que parecía prestada, Tomasa entendió que la miseria no era lo peor que podía tragarse a una persona. Lo peor era la crueldad. Lo peor era que alguien hubiera querido esconder a una muchacha embarazada entre fierros oxidados, como si su vida y la de la criatura que llevaba adentro valieran menos que la chatarra que todos los días la gente tiraba en el bordo de Nezahualcóyotl. Tomasa, que ya había visto perros muertos, niños buscando comida entre bolsas reventadas, hombres borrachos durmiendo sobre cartones empapados y mujeres llorando en silencio detrás de casas de lámina, se quedó tiesa frente a aquel refrigerador abollado. Pensó en irse. Pensó que quizá era una trampa. Pensó que a su edad no estaba para meterse en problemas ajenos. Pero entonces la joven alzó la mano por la rendija y murmuró, casi sin voz:

—Por favor… no me deje aquí… me van a matar… a mí y a mi bebé.

A Tomasa se le aflojó el alma. Vivía sola desde hacía 18 años, desde que su marido Hilario murió de un infarto en plena jornada como pepenador. Sus 2 hijos se habían ido de la casa mucho antes, cansados de la pobreza, del olor a basura pegado en la ropa, de las comidas a medias y de las promesas rotas. Uno cruzó al norte y jamás volvió. La otra, una hija llamada Irma, se juntó con un chofer de tráiler y durante un tiempo llamó de vez en cuando, hasta que un día dejó de hacerlo. Tomasa aprendió a no esperarlos. Aprendió a levantarse antes del amanecer, amarrarse el rebozo, tomar su carrito rechinante y pelearle al día entre botellas, cobre, fierro y plástico. La vida la había hecho dura, pero no ciega.

Se acercó al refrigerador con las piernas pesadas. Escuchó otra vez el jadeo. Jaló la puerta con ambas manos. La goma estaba vencida, la lámina fría, y cuando por fin cedió, el golpe del horror casi la tiró para atrás. La muchacha estaba encogida como animal herido, con el cabello negro pegado a la frente por el sudor, la boca partida, moretones en los brazos y el vientre enorme tensando un vestido mugroso que alguna vez había sido caro. Tenía los ojos hinchados, pero seguían siendo bonitos, de esos ojos que uno imagina acostumbrados a verse en espejos limpios y no entre montones de desecho. Tomasa no preguntó nada. Le rompió el plástico de las manos con una navajita que usaba para separar cables, le echó encima su suéter más grueso y con una fuerza que no sabía que le quedaba la fue sacando despacio.

—Tranquila, hija, tranquila —le dijo—. Ya saliste. Ya nadie te vuelve a encerrar aquí.

La muchacha soltó un quejido al tocar el suelo.

—Se llaman… se llaman Bruno y el Güero… si regresan…

—Primero respira —la cortó Tomasa—. Lo demás luego.

La subió como pudo al carrito, encima de costales y una cobija vieja, y emprendió el regreso a su jacal, una construcción apretada de láminas, tablas rescatadas y techo parchado con lonas de propaganda política. Durante el camino no dejó de mirar hacia atrás. El viento le llevaba el olor agrio del canal y la tierra mojada. A ratos le parecía escuchar un motor siguiéndola. A ratos creía que aquello era un mal sueño. Pero cada vez que oía a la joven gemir recordaba que era real.

La casa de Tomasa estaba al final de una calle de terracería donde los perros se metían debajo de los coches viejos para dormir y los niños jugaban futbol con pelotas sin aire. Cuando entró, acomodó a la muchacha en su catre, calentó agua en un anafre y empezó a limpiarle las heridas con la delicadeza de quien no tuvo estudios pero sí una vida entera aprendiendo a cuidar. La joven apenas podía sostener la mirada. Esa primera noche vomitó 2 veces, lloró otras tantas y se quedó dormida abrazándose el vientre como si quisiera cubrir a la criatura de todos los males del mundo.

Al amanecer dijo su nombre.

—Me llamo Mariela.

Tomasa, sentada a un lado con una taza de café de olla aguado entre las manos, asintió.

—Yo soy Tomasa. Y mientras estés aquí, no te me vas a morir.

Mariela soltó una sonrisa rota, casi infantil, y luego volvió a llorar.

Los primeros 3 días fueron una batalla contra el dolor, el miedo y la desconfianza. Tomasa le preparó caldo de pollo con lo poco que tenía, fue por vendas con una vecina, le consiguió unas vitaminas en la farmacia similares y empezó a trabajar el doble para que no faltaran leche, pan, frijoles y fruta. Volvía cansada, con la espalda partida y las manos negras de tierra, pero encontrar a Mariela dormida, viva, le daba una sensación extraña, como si de pronto aquella casa vacía tuviera otra vez un motivo para encender la lumbre. En las noches se despertaba varias veces al escucharla moverse.

A veces Mariela tenía pesadillas y despertaba gritando:

—¡No! ¡No me encierren otra vez!

Entonces Tomasa le acariciaba el cabello.

—Ya pasó. Aquí no te toca nadie.

A veces la joven la miraba con una vergüenza tan honda que parecía ahogarse en ella.

—¿Por qué me ayuda? —preguntó una noche, mientras afuera llovía y el agua se filtraba por una esquina del techo—. Ni siquiera sabe de dónde vengo.

Tomasa sopló su café antes de responder.

—No necesito saberlo para ver que estabas sufriendo.

—Pero podría traerle problemas.

—Mija, la pobreza ya me trajo todos los problemas posibles. Uno más no hace diferencia.

Mariela se quedó callada. Luego, con la voz hecha trizas, soltó:

—Yo no nací en un lugar así.

Tomasa soltó una media risa sin ofensa.

—Eso ya lo había notado.

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