Me velaron toda la mañana y desperté justo cuando mi esposo le estaba poniendo mi cadena a mi hermana.

Me velaron toda la mañana y desperté justo cuando mi esposo le estaba poniendo mi cadena a mi hermana.

Me velaron toda la mañana en la casa de mi madre en Toluca y desperté justo cuando mi esposo le estaba poniendo mi cadena de oro a mi hermana, mientras en la sala seguían rezando por mi alma como si yo ya fuera un recuerdo limpio y no un cuerpo caliente atrapado dentro de un ataúd mal cerrado.

Elena no abrió los ojos de golpe. Primero sintió el olor empalagoso de las gardenias baratas mezclado con cera derretida, café recalentado y ese aroma húmedo de casa llena de gente triste. Después vino el ardor en la garganta, una presión insoportable en el pecho y la certeza animal de que algo estaba mal, profundamente mal, antes incluso de recordar por qué. Tenía las manos heladas, la nuca entumida y la lengua pegada al paladar con un sabor amargo que le raspaba como medicina vieja.

La tapa del ataúd estaba apenas desajustada. Por esa rendija vio fragmentos del comedor de su madre: las sillas arrimadas contra la pared, el piso salpicado de cera de veladora, la imagen ampliada de ella misma puesta sobre una mesa con moño negro y una sonrisa antigua que en ese momento le dio rabia. No debía estar viendo su propia foto presidendo un velorio. La última cosa que recordaba era la leche de avena que Mónica le llevó la noche anterior “para que te relajes”, el tono raro de Darío cuando ella le reclamó por una transferencia sospechosa desde la cuenta compartida, y luego una caída espesa, profunda, demasiado rápida para ser sueño normal.

Intentó moverse. Le dolió hasta respirar.

Entonces oyó las voces.

—Ya estuvo, deja eso —dijo su madre, Teresa, llorando con la voz cansada—. Todavía ni la enterramos.

—Se la pongo yo —respondió Darío en voz baja, con ese tono suave de hombre decente que siempre usaba cuando estaba mintiendo.

Elena volvió a mirar por la rendija.

Ahí estaban los 2.

Darío, impecable de negro, con los ojos secos y la expresión compuesta.

Mónica, abrazándose a sí misma como si la viuda fuera ella.

Y en la mano de Darío, brillando bajo la luz amarillenta del comedor, la cadena de oro con la Virgen que la abuela de Elena le había dado cuando cumplió 18, la misma que jamás se quitaba ni para bañarse.

Lo vio inclinarse y colocarla en el cuello de Mónica.

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