PARTE 1
El calor de mayo en la Ciudad de México era insoportable aquella tarde de martes. Valeria, una joven de 22 años, estaba sentada en la sala de espera de una exclusiva clínica en Polanco, moviéndose nerviosamente en su silla mientras hojeaba una revista sin leer realmente ni 1 sola palabra. Habiéndose graduado en periodismo hacía apenas 6 meses, todavía no había encontrado un trabajo formal en su área y trabajaba como redactora independiente para pagar las cuentas de su pequeño departamento rentado en Coyoacán.
“Señorita Valeria”, llamó la recepcionista con una sonrisa profesional. “La doctora Ortiz tuvo una emergencia familiar y tuvo que irse, pero no se preocupe, el doctor Mateo la atenderá hoy”. Valeria sintió que el estómago se le hundía. Ya había sido bastante difícil reunir el valor para acudir a la consulta por una molesta infección con una doctora. La idea de ser atendida por un hombre la hizo sonrojarse al instante. Intentó reprogramar la cita, pero la agenda estaba llena por los próximos 2 meses y su problema de salud no podía esperar.
Con el corazón latiéndole a mil por hora, fue conducida a la sala de exploración. La puerta se abrió y Valeria casi dejó caer la bata de hospital cuando entró el médico. El doctor Mateo no era el señor de mediana edad con canas que ella había imaginado. Por el contrario, era un hombre joven, de no más de 30 años, alto, con el cabello negro impecablemente cortado, unos ojos oscuros profundos y una sonrisa que parecía iluminar todo el consultorio. Se presentó con una voz profesional, intentando que ella se sintiera cómoda.
Mientras esperaba a que la enfermera entrara para asistir en la exploración física, Mateo le hizo preguntas sobre su vida para relajar la tensión. Antes de que Valeria pudiera profundizar en su carrera de periodista, el teléfono celular del doctor sonó. Él se disculpó y se apartó hacia un rincón, pero en el silencio del consultorio, Valeria no pudo evitar escuchar. “Mamá, ya te dije que no puedo resolver lo del fideicomiso ahora. Estoy en consulta. No, no voy a firmar la compra de ese yate de 5 millones en Los Cabos sin revisar la bolsa de valores. Y dile a Camila que deje de acosarme”. Valeria abrió mucho los ojos. ¿5 millones? ¿Yates? ¿Quién era realmente ese ginecólogo?
El resto de la consulta transcurrió con normalidad clínica, pero al salir, Mateo la detuvo. Le explicó que provenía de una de las familias más ricas y poderosas de México, dueños de empresas inmobiliarias, pero que su verdadera pasión era la medicina, algo que su controladora madre detestaba profundamente. Él le pidió discreción, y Valeria, fascinada por su sinceridad, le prometió guardar el secreto.
Pasaron 3 días y el destino, o la casualidad de una ciudad tan caótica, los volvió a unir. Valeria estaba trabajando en su computadora en una cafetería de la colonia Condesa cuando Mateo apareció, vestido de forma casual, revelando que vivía a 2 cuadras de allí en un lujoso penthouse. Empezaron a platicar y la química fue instantánea. Él le confesó que Camila, su ex prometida, lo acosaba constantemente, apoyada por su madre, Doña Elena, quien veía en Camila a la nuera perfecta de alta sociedad.
La tranquilidad se rompió cuando la puerta de la cafetería se abrió abruptamente. Entró una mujer rubia, vestida con ropa de diseñador, acompañada de una señora mayor que exudaba arrogancia y poder. Eran Camila y Doña Elena. Al ver a Mateo riendo con Valeria, Doña Elena se acercó furiosa, escaneando la ropa sencilla de Valeria con profundo desprecio. “Así que esta es la muerta de hambre por la que rechazas a tu prometida”, escupió la señora frente a todos los clientes. Valeria, sintiendo que la sangre le hervía ante la humillación, se levantó, tomó sus cosas y salió corriendo del lugar, ignorando las llamadas de Mateo. Apenas había doblado la esquina cuando su teléfono celular comenzó a sonar frenéticamente. Era su vecina, gritando presa del pánico. Su departamento en Coyoacán estaba ardiendo en llamas. Valeria quedó paralizada en la acera. No podía creer lo que estaba a punto de suceder…
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