El grito de Sofía atravesó la casa con una violencia tan animal que a Elena se le resbaló el plato de las manos y lo vio estrellarse contra el fregadero mientras una sola idea le desgarraba el pecho: eso no era jabón en los ojos, eso era dolor de verdad.
Habían ido a pasar el fin de semana a la casa de sus padres en una colonia vieja de Puebla, una de esas casas grandes que por fuera parecen decentes y por dentro llevan años fermentando rencores. Elena llevaba toda la mañana en la cocina ayudando con el mole que su madre insistía en preparar cada vez que había visita, aunque después usara cada cucharada como prueba de que nadie la valoraba. Sofía, de 15 años, se había subido a bañar antes de salir con unas primas a un café del centro. Era una niña bonita, luminosa, de cabello castaño cobrizo y larguísimo, de ese que su abuela llamaba “demasiado escandaloso” y su tía Valeria “demasiado presumido”. A Elena siempre le había molestado ese tono, esa forma en que convertían cualquier rasgo lindo de Sofía en un defecto moral, como si una adolescente cuidarse el pelo fuera una ofensa personal.
Pero ese día el grito fue distinto. Más hondo. Más desesperado.
—¡Mamá, ayúdame! ¡Me quema! ¡Me quema muchísimo!
Elena salió de la cocina corriendo, subió las escaleras de 2 en 2 y llegó al baño del fondo con el corazón desbocado. Agarró la manija, la giró con fuerza y sintió que el cuerpo se le iba al vacío.
Estaba cerrada con llave.
—¡Sofi! ¡Ábreme, mi amor! ¡Ábreme!
Del otro lado sólo escuchó agua cayendo, un golpe torpe contra los azulejos y la voz de su hija ya rota por el llanto.
—¡No puedo! ¡No puedo, mamá! ¡Me está quemando la cabeza!
Elena empezó a golpear la puerta con las palmas, luego con el hombro, luego con todo el cuerpo. El vapor se salía por la rendija inferior mezclado con un olor químico que le arañó la garganta apenas lo respiró. No era shampoo. No era tinte. Era algo más agresivo, más sucio, más peligroso. Y entonces oyó una risa detrás de ella. Una risa tranquila, casi divertida, el tipo de risa que se suelta cuando se cree haber hecho una travesura brillante.
Se volteó.
Su madre, Teresa, estaba al pie del pasillo con los brazos cruzados y una sonrisa ancha, satisfecha. A su lado, Valeria, la hermana mayor de Elena, sostenía el celular en alto, grabando. Y un poco más atrás, su padre Rogelio se asomaba desde el cuarto de visitas con esa media mueca cobarde de los hombres que siempre esperan ver para qué lado se acomoda la culpa antes de elegir bando.
—Si ahora queda pelona, a ver si se le quita lo vanidosa —soltó Teresa, riéndose con ganas.
Elena sintió un zumbido en los oídos.
—¿Qué hicieron? —preguntó, aunque una parte de ella ya lo sabía.
Valeria se encogió de hombros sin bajar el teléfono.
—Ay, no seas exagerada. Era una bromita.
Del otro lado de la puerta Sofía volvió a gritar, un grito seco, agudo, de puro pánico. Elena se lanzó otra vez contra la madera.
—¡Ábranla ahorita! ¡Ábranla, carajo!
Pero en lugar de moverse, Teresa dio 2 pasos al frente y se plantó contra la puerta. Rogelio, después de una vacilación miserable, hizo lo mismo. Entre los 2 empujaron desde afuera para impedir que Elena siguiera golpeando con fuerza. Fue tan absurdo, tan monstruoso, que durante 1 segundo Elena ni siquiera pudo procesarlo. Sus padres. Sus propios padres. Bloqueando una puerta mientras su nieta gritaba por ayuda.
—Déjala tantito más —dijo Teresa, con la cara encendida de diversión—. Para que aprenda.
Elena empujó con todo el cuerpo.
—¡Quítense! ¡Está llorando de dolor!
Y entonces lo vio. Teresa metió la mano al bolsillo de su delantal, sacó la pequeña llave plateada del baño, caminó con una calma insoportable hacia la ventana del pasillo y, sin dejar de sonreír, la aventó al jardín.
El tiempo se le hizo viscoso a Elena. Sintió el impulso de arañarla, de tirarla al suelo, de abrirle la cabeza contra el marco de la ventana. Pero Sofía volvió a gritar y el instinto le ganó al odio. Sacó el celular con los dedos temblándole tanto que casi se le cae y marcó al 911.
—Emergencias, ¿cuál es su situación?
—Mi hija está encerrada en un baño —dijo con la voz rota—. Le echaron algo al shampoo, le está quemando la cabeza y no me dejan abrir la puerta.
Hubo un silencio mínimo del otro lado.
—¿Quién no la deja abrir?
—Mis papás y mi hermana. Están bloqueando la puerta.
La voz de la operadora cambió de inmediato.
—No cuelgue. Ya va una unidad en camino. ¿Su hija sigue consciente?
—Sí, pero está gritando mucho. Hay un olor químico horrible.
—Manténgase cerca de la puerta y háblele. La patrulla y la ambulancia ya fueron despachadas.
Detrás de Elena la risa murió. Cuando se volteó, Valeria ya no sonreía. Teresa había fruncido la boca. Rogelio bajó la vista, molesto, como si el verdadero problema no fuera lo que acababan de hacer sino que Elena hubiera llamado a la policía.
—¿Estás loca? —espetó Valeria—. ¿Le hablaste a la policía por esto?
Elena la miró con una frialdad que ni ella misma conocía.
—Aléjense de la puerta.
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