PARTE 1
“Tú eres mi papá”. La voz infantil rasgó el elegante y tenso silencio de la sala de juntas como una piedra arrojada contra un cristal perfecto. Por un segundo, nadie entendió lo que acababa de pasar. Los altos ejecutivos, sentados alrededor de la enorme mesa de mármol negro importado, dejaron de hablar. Los dedos que tecleaban frenéticamente en las computadoras portátiles quedaron suspendidos en el aire. Las pantallas que mostraban las proyecciones financieras del mes siguieron brillando, pero el hombre más poderoso de todo el Paseo de la Reforma se quedó completamente inmóvil. Una niña pequeña acababa de cruzar corriendo la sala de máxima seguridad y estaba abrazada a sus piernas.
El hombre se llamaba Alejandro Villalobos. En el despiadado mundo de los bienes raíces de la Ciudad de México, era conocido como el “Lobo de Hielo”, un millonario implacable de 42 años que había construido un imperio inmobiliario colosal. El Grupo Villalobos poseía rascacielos en Santa Fe, corporativos en Monterrey y desarrollos residenciales de lujo en San Pedro Garza García. Los periódicos financieros decían que tenía nervios de acero; sus empleados murmuraban que la temperatura bajaba 2 grados cuando él entraba al elevador. Sonreír frente al jefe era un riesgo que nadie en su sano juicio tomaba.
Pero en ese instante, Alejandro no sabía qué hacer. La niña lo abrazaba con toda la fuerza de sus delgados brazos. Llevaba un vestido sencillo, lavado tantas veces que el color rosa se había vuelto un blanco opaco. Sus zapatitos escolares estaban gastados, con el cuero desprendido en la punta del pie derecho. Su cabello oscuro estaba recogido en 2 trenzas chuecas, hechas a toda prisa esa misma mañana antes de tomar el transporte público. Desentonaba por completo en esa sala llena de trajes italianos y sillas que costaban lo que una familia mexicana promedio ganaba en 3 meses de trabajo duro.
“Tú eres mi papá”, repitió la niña, con una certeza abrumadora.
Un murmullo de incredulidad recorrió la mesa. Todos allí sabían que Alejandro no tenía hijos. Su único matrimonio había terminado 5 años atrás, cuando su esposa falleció en un trágico accidente en la carretera México-Cuernavaca durante una tormenta de verano. Desde ese día, Alejandro se había encerrado en sí mismo, convirtiendo su inmensa mansión en las Lomas de Chapultepec en un museo silencioso y frío.
De pronto, apareció en la puerta la mujer más pálida de todo el corporativo. Era Carmen, la nueva empleada de limpieza que apenas llevaba 2 semanas trabajando en la torre. Tenía el rostro cansado y las manos ásperas de quien lucha a diario con cloro y detergentes para sacar adelante a su familia. Al ver a su hija de 6 años aferrada al dueño del imperio, sintió que el mundo se le venía abajo.
“¡Sofía!”, exclamó Carmen con la voz quebrada por el terror. Corrió hacia ella y la tomó del brazo. “Perdóneme, señor Villalobos. Ella no sabe lo que dice”.
“Pero mamá”, respondió Sofía con una inocencia brutal, “se parece al dibujo del papá que yo soñé”.
Antes de que Alejandro pudiera reaccionar, la puerta doble se abrió de golpe. Era Valeria Villalobos, la ambiciosa hermana menor de Alejandro y vicepresidenta de la empresa. Al ver la escena, el rostro de Valeria se contorsionó de asco y furia. Para ella, esa niña y esa mujer de limpieza eran una plaga que manchaba la imagen de su perfecta empresa. Sin importarle la presencia de los ejecutivos, Valeria tomó a Carmen del uniforme con violencia.
“¡Eres una oportunista de lo peor!”, gritó Valeria, arrastrando a Carmen y a la niña hacia el pasillo. “¡Seguridad! ¡Llamen a la policía ahora mismo por intento de extorsión y traigan a las autoridades del DIF para que se lleven a esta mocosa a un orfanato!”. Carmen rompió a llorar, abrazando a Sofía mientras los guardias se acercaban rápidamente. Nadie podía creer lo que estaba a punto de pasar…
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