A las 3:17 de la madrugada, la pierna izquierda de Estela Ortega dejó de obedecerle y su cuerpo entero se fue de frente como si alguien le hubiera desconectado la vida de un jalón. Alcanzó a rozar la orilla de la mesa de centro, pero la mano sólo resbaló sobre el vidrio helado. Cayó con todo su peso y la cadera derecha golpeó primero. El dolor le atravesó el cuerpo como un machete al rojo vivo. Quiso girarse, buscar apoyo, gritar con fuerza, pero a sus 79 años sus huesos ya no eran huesos sino ramas secas, y en medio de la oscuridad escuchó dentro de sí un crujido tan siniestro que supo, sin necesidad de médico, que algo se había roto de verdad.
El cuarto estaba casi a oscuras. Apenas se colaba un hilo de luz de luna por la cortina mal cerrada. Desde el suelo veía la lámpara vieja del techo, la misma que había alumbrado cenas, cumpleaños, posadas, Nochebuenas, y aquella madrugada sólo alumbraba su respiración entrecortada y su humillación.
—Mauricio… Lorena… —llamó con la voz deshecha—. ¡Me caí!
Lo único que respondió fue el tic tac del reloj de péndulo de la sala.
Tragó saliva, respiró hondo y volvió a gritar.
—¡Hay alguien! ¡Me caí!
Entonces sí oyó ruido en el cuarto de su hijo. No fueron pasos apurados. No fue una puerta abriéndose. Fue una risita.
—Tu mamá ya empezó otra vez —dijo Lorena, su nuera, con ese tono de fastidio que a Estela ya le conocía demasiado bien.
—Ay, por favor, la viejita se cae a cada rato —contestó Mauricio—. Cada vez que va al baño en la noche arma un drama. Ya me tiene harto.
—¿Y si ahora sí se pegó feo? —preguntó una vocecita pequeña. Valeria, su nieta de 10 años.
—Los niños no se meten —cortó Lorena—. Mañana tienes escuela. Duérmete. Tu abuela es de hule.
Las lágrimas le brotaron solas y se le metieron por las arrugas hasta mojar el piso frío. Ese era el hijo por el que se había partido el lomo 40 años. El mismo al que, junto con Ricardo, su difunto esposo, le habían ayudado a pagar el enganche del departamento en la Del Valle “para que no batallara tanto”. El mismo hijo por el que ella llevaba 3 años cocinando, lavando, recogiendo platos, cuidando a la niña, pagando parte del súper con su pensión y hasta poniendo para la luz sin que se lo pidieran. Y ni así eran capaces de abrir una puerta para ver si seguía respirando.
Cuando Ricardo murió de un infarto, 3 años atrás, Mauricio le tomó las manos y le habló casi llorando.
—Mamá, no podemos dejarte sola en esa casa. Vente con nosotros. Así todos nos cuidamos.
Estela lo creyó. Hasta dio gracias. Pensó que había criado un buen hombre. Aquella madrugada, tirada en el suelo como un estorbo más de la casa, entendió la verdad que llevaba demasiado tiempo negándose: no la querían cerca por amor, sino por los 38 mil pesos mensuales de su pensión, por los ahorros que Ricardo dejó en CETES y por la casita vieja de Cuernavaca que seguía a su nombre.
Sintió que la pierna derecha se le dormía por completo. Le sobraba dolor físico, pero lo que de verdad le oprimía el pecho era algo más negro: la certeza de que era más triste estar rodeada de gente que te desprecia que morirse sola.
Con el brazo izquierdo, el único que todavía le respondía medio bien, empezó a arrastrarse hacia la mesa donde estaba el celular. Cada centímetro le perforaba la cadera, pero apretó los dientes. No iba a volver a gritar. No soportaba escuchar otra vez la voz de su nuera llamándola carga y la de su hijo minimizándola como si fuera una costumbre vieja.
Cuando por fin tocó el teléfono, éste se le resbaló y se alejó unos centímetros más. Soltó un gemido ronco, respiró hondo y siguió avanzando como pudo hasta engancharlo con la punta de los dedos. Lo jaló hacia sí, desbloqueó la pantalla y vio el primer contacto: Mauricio. Lo ignoró. Buscó directamente el 911.
—Emergencias, ¿cuál es su situación? —respondió una voz joven.
—Me caí… no puedo mover bien la pierna… creo que me rompí la cadera… —dijo entre punzada y punzada, dando la dirección con la mayor claridad que pudo.
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