Cuando Tomás Gálvez, su hijo millonario, levantó la tapa de la olla y le preguntó con una naturalidad que parecía una bofetada si de verdad estaba conforme con los 50,000 pesos que Verónica le mandaba cada mes, a doña Elvira se le doblaron las rodillas por dentro, porque en ese instante entendió que la pobreza que llevaba 1 año soportando no venía de la mala suerte ni de la vejez, sino de una traición sentada a 2 metros de su estufa.
Era Navidad en Lagos de Moreno, Jalisco, y el frío se metía por las rendijas de la cocina como si la casa estuviera hecha de puro recuerdo. Elvira había amanecido antes del sol, como siempre, con las manos tiesas por la artritis y el pensamiento fijo en la visita de su hijo. Había barrido la banqueta, sacudido las telarañas del rincón, enderezado el mantel de hule floreado y vuelto a prender el mismo arbolito raquítico que encendía desde hacía 6 años, más por necedad que por alegría. No tenía pavo, ni lomo, ni sidra, ni siquiera pan dulce recién comprado. Lo único que pudo poner al fuego fueron los frijoles que le habían dado en la parroquia la noche anterior, junto con 1 bolsita de arroz, 1 jabón de barra y 1 paquete de galletas saladas que guardó para después. Los frijoles hervían despacio y llenaban la cocina con ese olor humilde que alimenta, pero también recuerda lo que falta.
Elvira se había puesto su vestido azul de los domingos, el que todavía se veía decente si una no miraba muy de cerca las costuras gastadas. Se peinó el cabello con agua, acomodó en la repisa la foto de su marido muerto y, junto a ella, la única foto reciente de su hijo con su familia: Tomás sonriendo apenas, con saco caro y reloj brillante; Verónica, la esposa, flaca, impecable, con ese gesto de mujer que parece molesta hasta cuando posa; y los 2 nietos, tan bien vestidos que daban la impresión de no despeinarse nunca. Vivían en San Pedro Garza García, en una casa enorme, de esas con ventanales de revista y comedor para 12 personas. Elvira, en cambio, llevaba 9 meses tapando con trapos la rendija de la ventana para que el aire no la partiera a la mitad mientras dormía.
No se quejaba. O eso se repetía. Se decía que los hijos tienen su vida, que los nietos crecen, que la ciudad grande se come el tiempo, que una madre decente no debe andar cobrando cariño ni ayuda como si fuera limosna. Se lo decía con tanta insistencia que ya casi lo creía. Tomás la había llamado la semana anterior, rápido como siempre, para decirle que en Nochebuena tendrían una cena importante con socios y familias del trabajo, que no podían faltar, pero que el 25 irían temprano a verla y pasarían el día con ella. Elvira escuchó esa promesa como quien se arrima al último calorcito que queda en la casa. Desde entonces se había agarrado de ella para no sentir demasiado la soledad de cenar sola con frijoles de caridad mientras en otras casas sonaban brindis.
La camioneta llegó poco después de las 11 de la mañana. Negra, enorme, reluciente, absurda en una calle donde todavía había señoras barriendo banquetas con escoba de palma. Elvira salió a la puerta con el delantal puesto. Cuando vio bajar a Tomás, alto, perfumado, con chamarra gruesa y botas nuevas, sintió el corazón de madre hacer lo que siempre hace aunque lo hayan descuidado: abrirse completo.
—Mamá —gritó él, y la abrazó fuerte.
Ese abrazo casi la hizo llorar. Detrás corrieron los niños, Santiago y Mateo, a enredársele en las piernas, y por último bajó Verónica, con lentes oscuros pese al día nublado, botas sin una mota de polvo y bolso más caro que toda la sala de Elvira.
—Hola, suegrita —dijo, inclinándose apenas para regalarle un beso al aire sin tocarle la mejilla.
Entraron. Y con ellos entró también la vergüenza. La casa estaba helada. Las paredes descarapeladas. El sillón hundido de un lado. El arbolito se veía más triste de día que de noche. Los niños empezaron a curiosear, pero Verónica recorrió el espacio con esa mirada suya que no observaba: juzgaba.
Elvira los llevó a la cocina.
—Aquí está más calientito —mintió.
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