El vestido azul medianoche llevaba 3 semanas desaparecido, y Natalia lo encontró en el peor lugar posible: pegado al cuerpo de la amante de su marido, sentada en primera fila en el funeral de su padre y agarrándole la mano a ese hombre con la misma confianza con la que otras mujeres acomodan flores sobre un ataúd.
Durante días, Natalia había vaciado closets, abierto cajas, revisado fundas, reclamado a la tintorería y hasta dudado de su propia memoria. Ese vestido no era cualquier cosa. Se lo había mandado hacer su papá para sus 40 años, con tela italiana, caída perfecta y pequeños cristales cosidos a mano alrededor del cuello. Cuando lo vio brillar bajo la luz de los vitrales de San Agustín, repartiendo destellos sobre las bancas como si el cielo se estuviera burlando de ella, entendió de golpe dos cosas: quién se lo había robado y desde cuándo la estaban viendo la cara.
—¿Qué chingados haces aquí? —soltó, clavada en el pasillo central, sin importarle que la gente volteara.
Rebeca Téllez giró despacio, como si hubiera estado esperando ese momento. Tenía 28 años, una sonrisa pulida a fuerza de ambición y el tipo de seguridad que da sentirse protegida por un hombre cobarde. Trabajaba en el área de marketing de la firma de Gerardo y, por lo visto, llevaba meses cobrando un ascenso que no venía en nómina.
—Natalia, de verdad, hoy no deberías alterarte —dijo con una dulzura tan falsa que daba asco—. Gerardo me dijo que estabas muy sensible. Vine a apoyarlo. En momentos así, la familia tiene que estar unida.
La palabra familia resonó más fuerte que las campanas.
—¿Familia?
Rebeca no se encogió. Al contrario. Le apretó más la mano a Gerardo y habló lo bastante fuerte para que la escucharan las señoras de adelante, los socios del despacho, las amigas del club y los primos que apenas se saludaban en Navidad.
—Pues sí. Gerardo y yo tenemos casi 1 año juntos. A estas alturas, prácticamente ya soy parte de la familia.
Natalia sintió que algo le tronaba por dentro. Un año. Las cuentas cayeron como piedras. El viaje a París por su aniversario donde él no dejó de contestar mensajes “urgentes”. Los congresos de fin de semana en Monterrey. Las cenas con clientes que se alargaban hasta la madrugada. Las juntas que de pronto requerían perfume caro y camisa nueva.
—Traes mi vestido —dijo, y hasta a ella le sonó absurdo que, de todas las puñaladas, ésa fuera la que saliera primero.
Rebeca se levantó y dio una media vuelta mínima, suficiente para que la tela cayera con arrogancia.
—¿Éste? Gerardo me dijo que tú ya ni lo usabas. Qué desperdicio dejar guardadas las cosas bonitas.
Natalia miró entonces a su marido. No de reojo, no como se mira a quien todavía se quiere entender. Lo miró de frente. Gerardo Salazar, su esposo desde hacía 15 años, el hombre que la había abrazado cuando a don Julián le detectaron el cáncer, el mismo que le juró que nunca la iba a dejar sola, no tuvo el valor de sostenerle la mirada. Se quedó viendo sus manos, como si en las líneas de la palma fuera a encontrar una salida.
En ese momento apareció la tía Leonor, con su collar de perlas, su luto impecable y la furia hirviendo detrás de los ojos.
—La misa va a empezar —dijo entre dientes, sin dejar de mirar a Gerardo como si fuera algo pegado en la suela del zapato—. Tú vienes conmigo, mija.
La condujo a la banca de adelante, pero el lugar que le correspondía al lado de su marido ya estaba tomado por la mujer que llevaba puesto su vestido y media vida suya. Natalia terminó sentada una fila atrás, justo detrás de ellos, viendo cómo Rebeca se inclinaba hacia Gerardo con una intimidad obscena mientras al frente descansaba el féretro de su padre.
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