LA VECINA AMARGADA CONSTRUYÓ UN MURO PARA BLOQUEAR EL PASO DE UNA ABUELITA… PERO TODO CAMBIÓ CUANDO LLEGARON LOS INGENIEROS
En un callejón estrecho de la colonia San Rafael, en Puebla, reinaba Doña Bertha.
Era el tipo de vecina que se molestaba si una hoja seca caía frente a su puerta. Siempre fruncía el ceño, como si el mundo le debiera algo.
Su víctima favorita era Doña Lupita, una abuelita de 80 años que vivía al fondo del callejón. El único acceso que tenía para salir a la avenida principal era un pequeño pasillo que cruzaba junto a la casa de Bertha.
Una mañana, los vecinos despertaron con el ruido de martillos y mezcladoras.
Doña Bertha estaba levantando un muro.
Bloqueó completamente el pasillo. Colocó bloques de concreto y cemento hasta cerrar el único camino por donde la abuelita podía salir.
Doña Lupita salió con su bastón, caminando con dificultad.
—Bertha… —suplicó con voz temblorosa—. ¿Por qué cerraste el paso? ¿Cómo voy a salir a comprar mis medicinas? Si tengo que rodear por atrás, es más lejos y el camino está lleno de lodo.
Bertha, con las manos en la cintura y sosteniendo una copia simple de su escritura, respondió:
—¡No me importa, vieja! ¡Este terreno es mío! Si quieres pasar, aprende a volar. ¡O cómprate alas!
—Pero ese es un paso de servidumbre… es derecho de vía…
—¿Derecho de vía? Aquí es mi vía. ¡Yo mando! —gritó Bertha mientras escupía al suelo.
La abuelita no tuvo más opción que regresar llorando a su casa.
Durante una semana, Doña Lupita tuvo que salir por un sendero trasero, resbaloso y lleno de charcos. Varias veces casi se cayó. Y cada vez que Bertha la veía luchando por caminar…
se reía.
—¡Te hace bien el ejercicio! —le gritaba con burla.
Bertha estaba tan orgullosa de su muro que incluso le puso alambre de púas arriba y un letrero que decía: “PROPIEDAD PRIVADA – NO PASAR”.
Pero una mañana, todo cambió.
Un convoy de camionetas blancas y amarillas entró en la colonia. Tenían el logo del Ayuntamiento de Puebla y de la Secretaría de Infraestructura Municipal.
Bajaron varios ingenieros con cascos, planos enrollados y equipos de medición. Detrás de ellos venía una cuadrilla de demolición y una enorme retroexcavadora.
Doña Bertha salió sonriente, convencida de que venían a apoyarla.
—¡Ingeniero! —saludó con entusiasmo—. ¿Vienen a medir mi terreno? Quiero ampliar mi cochera hacia la calle.
El ingeniero principal la miró con seriedad.
—¿Usted es la señora Bertha Morales?
—Sí, soy yo. ¿Le gusta mi muro?
El ingeniero desplegó un plano oficial.
—Señora, estamos aquí porque recibimos una denuncia formal. Este pasillo que usted bloqueó está registrado como servidumbre pública desde 1983. Es un acceso comunitario protegido por el municipio.
El rostro de Bertha cambió de color.
—Eso es imposible. ¡Yo tengo escrituras!
—Sus escrituras no incluyen esta franja —respondió el ingeniero señalando el plano—. Además, al obstruir un acceso público y afectar a una persona adulta mayor, está incurriendo en una falta administrativa grave.
Los vecinos comenzaron a salir nuevamente.
Doña Lupita observaba desde su puerta, confundida.
El ingeniero dio una orden clara:
—Procedan.
La retroexcavadora encendió el motor.
En cuestión de minutos, el muro recién construido comenzó a caer bloque por bloque.
El alambre de púas fue arrancado. El letrero quedó hecho pedazos.
—¡Eso me costó miles de pesos! —gritó Bertha desesperada.
El ingeniero respondió con frialdad:
—También recibirá una multa por invasión de vía pública y deberá cubrir los gastos de demolición.
El polvo cubrió el callejón.
Y mientras el paso quedaba nuevamente libre…
Doña Lupita caminó lentamente por el sendero recuperado.
Los vecinos aplaudieron.
Y por primera vez en mucho tiempo, Doña Bertha se quedó en silencio.
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