Mateo se sentaba solo en la mesa 17, bebiendo lentamente 1 taza de café de olla que se había enfriado hacía 20 minutos. A su alrededor, la recepción de la boda en la majestuosa hacienda de Jalisco bullía con vida. El mariachi tocaba a todo pulmón, las risas resonaban bajo las guirnaldas de papel picado, y el tintineo de los caballitos de tequila acompañaba los brindis. Él era 1 isla de quietud en 1 mar de celebración.
Ya habían pasado 3 años desde que su esposa Isabella había fallecido, y Mateo aún no podía asistir a 1 evento sin sentir el peso aplastante de su ausencia. Esa sensación lo oprimía en el pecho. Debería irse. Había cumplido con su deber como arquitecto de la familia de los novios, felicitó a la pareja y probó el mole. Su mano buscó las llaves de su camioneta.
—Disculpe, señor.
Mateo levantó la vista. 3 niñas pequeñas, idénticas, de quizás 6 años, estaban de pie junto a su mesa. Llevaban vestidos de 1 tono rosa pálido y lo miraban con 1 concentración intensa.
—¿Están perdidas? —preguntó Mateo, buscando con la mirada a algún adulto—. ¿Necesitan ayuda?
—Lo encontramos a propósito —dijo la niña de la izquierda.
—Hemos estado buscando a alguien como usted toda la noche —añadió la del medio.
—Y usted es perfecto —terminó la de la derecha.
Mateo parpadeó, perplejo. Las 3 niñas se inclinaron hacia él, y Mateo pudo oler su champú de fresa.
—Necesitamos que finja que es nuestro papá —susurraron al unísono.
La mente de Mateo se detuvo por 1 instante. La niña del medio sacó 1 billete arrugado de 50 pesos.
—Esto es todo lo que tenemos. Solo por esta noche. Nuestra mamá está allá… y él la está lastimando otra vez.
Algo en el tono de la niña hizo que Mateo se pusiera alerta. Siguió la dirección de sus pequeños dedos. Cerca de la barra de bebidas, 1 mujer despampanante con 1 vestido rojo elegante estaba acorralada. Su rostro mostraba 1 mezcla de pánico y humillación. Frente a ella estaba 1 hombre de traje costoso, riéndose a carcajadas con 1 mujer rubia cargada de joyas.
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