PARTE 1
“Ese bebé no se parece a tu marido… ¿segura que no le debes una explicación a nadie?”
Así lo soltó mi tía Beatriz, con una carcajada, frente a toda mi familia en la comida del domingo, mientras yo cargaba a mi hija recién nacida.
Mi bebé se llama Valentina. Nació con el cabello cobrizo, casi rojo, como fuego bajo el sol. Yo soy castaña clara y mi esposo, Alejandro, tiene el pelo negro como casi todos en su familia. Pero mi abuela materna, doña Carmen, era pelirroja de joven, y el abuelo de Alejandro también había tenido ese color raro que en las fotos antiguas se veía precioso.
La pediatra nos explicó que era genética, genes recesivos, algo normal. Todos lo entendieron… menos mi tía Beatriz.
Desde que vio a Valentina, empezó con sus “bromitas”.
En el bautizo dijo que había que invitar al verdadero papá. En Navidad le preguntó a Alejandro si quería que le regaláramos una prueba de ADN. En una carne asada en casa de mis papás, cuando Valentina tenía apenas seis meses, dijo enfrente de mis primos:
—Ay, mira nada más, igualita al repartidor del gas.
Todos se rieron incómodos. Alejandro no.
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