PARTE 1
En los áridos y hermosos Altos de Jalisco, el viento de la madrugada tiene 1 forma muy particular de avisar cuando la tragedia respira cerca. No hace ruido, simplemente silencia a los insectos y hace que la tierra huela a peligro. A las 6 de la mañana de aquel jueves de noviembre, don Arturo supo que el día le cobraría 1 factura que llevaba años evadiendo.
Arturo era 1 hombre de 68 años, con el rostro tallado por el sol implacable y las manos endurecidas por el cultivo del agave azul. Desde que su esposa Rosario falleció hace 15 años, su pequeña hacienda tequilera se había convertido en su única prisión y refugio. Vivía en 1 soledad casi absoluta, acompañado únicamente por 1 caballo prieto llamado Huracán y 1 perro callejero que rescató, al que bautizó como Chamuco. La vieja casona de adobe, que alguna vez soñó con llenar de nietos y domingos familiares, ahora solo guardaba ecos y polvo.
Esa mañana, mientras Arturo reparaba 1 cerca de alambre que dividía sus tierras del monte, Chamuco comenzó a mostrar los dientes. No era el ladrido escandaloso con el que ahuyentaba a los coyotes; era 1 gruñido bajo, ronco, desde el fondo del pecho. El animal clavó la vista hacia 1 espesura de nopales y huizaches. Guiado por su instinto de supervivencia, el viejo ranchero dejó las pinzas, tomó su rifle calibre 30-30 y caminó con pasos sigilosos entre la maleza.
A unos 15 metros de distancia, divisó 1 sombra temblorosa. Por 1 instante, creyó que se trataba de 1 ladrón de poca monta intentando robar las piñas de agave para venderlas en el mercado negro. Sin embargo, cuando los primeros rayos del sol cortaron la neblina, Arturo bajó el cañón de su arma de golpe, sintiendo 1 nudo en la garganta.
Era 1 mujer. Estaba descalza, con los pies ensangrentados y 1 vestido de manta desgarrado por las espinas del camino. Pero lo que verdaderamente paralizó al viejo fue su vientre: estaba embarazada de al menos 8 meses. La joven, que temblaba incontrolablemente de frío y pánico, sostenía contra su pecho 4 elotes crudos y 2 limones que había arrancado de la milpa. Al ver al hombre armado, no gritó ni intentó huir. Cerró los ojos y abrazó su enorme vientre, esperando 1 balazo.
Arturo la observó a través del alambre roto. Pudo haber llamado a la policía municipal, pudo haberla corrido a gritos, pero los ojos de esa mujer reflejaban 1 terror absoluto, 1 vacío que le estrujó el alma.
—¿Me puedes explicar qué haces escondida en mis tierras, muchacha? —preguntó Arturo, con voz firme pero bajando el rifle por completo.
La joven tragó saliva. Le tomó 1 esfuerzo sobrehumano articular palabra.
—Por lo que más quiera, perdóneme, señor. Llevo 4 días sin comer nada. Solo quiero vivir 1 poco más para que mi niño pueda nacer. Si me encuentra, nos va a matar a los 2.
Arturo sintió 1 punzada de dolor en el pecho. El fantasma de su esposa Rosario, quien perdió 1 embarazo a los 7 meses de gestación por complicaciones médicas, cruzó por su mente.
—¿Quién te quiere hacer daño? ¿Dónde demonios está el padre de esa criatura? —exigió saber el anciano, apretando la mandíbula.
La mujer rompió en llanto, cayendo de rodillas sobre la tierra seca.
—Es el cacique de la región… Cuando supo que yo me negaba a perder a mi bebé, mandó a sus sicarios a cazarme. Tuve que escapar en la noche, escondiéndome como 1 animal.
El viejo frunció el ceño. En esa zona de Jalisco, la violencia y los hombres de poder eran el pan de cada día, pero algo en la voz rota de la joven le heló la sangre.
—¿Cómo se llama ese infeliz cobarde? —preguntó Arturo.
La muchacha levantó la mirada, aterrada.
—Héctor… le dicen “El Alacrán” Valdés.
Arturo sintió que el mundo entero se desplomaba bajo sus botas de cuero. El rifle cayó al suelo con 1 golpe seco. Héctor Valdés no era solo el líder criminal más sanguinario y temido de todo el occidente del país. Héctor era su único hijo biológico. El mismo hijo al que Arturo había expulsado de su casa hace 18 años por mancharse las manos de sangre y meterse en el narcotráfico.
El monstruo del que esta pobre mujer huía desesperada, el verdugo que había ordenado asesinar a su propia sangre antes de nacer, era su hijo. Arturo miró a la joven, y luego fijó su vista hacia el camino de terracería donde, a lo lejos, ya se levantaba 1 densa nube de polvo gris, señal de que varias camionetas se acercaban a toda velocidad.
No vas a creer lo que está a punto de pasar…
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