—Papá, tal vez hoy sea la última noche que duermas conmigo, pero no le digas a nadie lo que te voy a decir.
Ramiro Castañeda sintió que el pecho se le cerraba en ese cuarto de hospital donde hasta el aire olía a cloro, suero y miedo viejo. Quiso regañarla, decirle que no hablara así, mentirle como se mienten los padres cuando la realidad ya les está mordiendo los tobillos, pero Valeria, su niña de 7 años, no estaba jugando. Tenía la piel casi transparente, el cabello pegado a la frente por el sudor y esos ojos enormes que desde meses atrás habían dejado de parecer ojos de niña. Apretó contra su pecho al oso de peluche que llevaba a todas partes, un oso café ya vencido de una oreja, con una pata floja y la costura abierta en un costado. Aze10
—La grabadora está dentro del Capitán —susurró ella—. Cuando yo ya no esté, apriétale aquí. Pero tú solo. Y no le digas a nadie.
Ramiro se inclinó tanto que casi quedó de rodillas junto a la cama.
—No digas esas cosas, mi reina. Vas a salir de aquí. Te lo juro.
Valeria lo miró con una tristeza que no combinaba con su edad.
—Prométemelo.
Él tragó saliva. Afuera del cuarto alguien empujó una camilla, una enfermera llamó a otra por su nombre, el monitor pitó con esa calma monstruosa que a veces tiene la tragedia.
—Te lo prometo —murmuró.
2 días después, la niña murió.
En el velorio, en una funeraria modesta de Guadalupe, mientras las coronas empezaban a soltar ese olor espeso a flor caliente y la gente repetía frases que sonaban igual de vacías con cada abrazo, Ramiro no soltó al Capitán ni para recibir el pésame. Había quien lo miraba raro, había quien cuchicheaba que el dolor ya lo estaba descomponiendo, pero a él le daba lo mismo. La sala estaba llena y al mismo tiempo parecía desierta. Todo se le había vuelto una masa sin sonido: las velas eléctricas, el café tibio en vasitos de unicel, las señoras rezando bajito, las manos sobre su hombro, los ojos húmedos de gente que no conocía de verdad a su hija.
Valeria sí la conocía él. La había criado prácticamente solo desde que la niña tenía 3 años, cuando Nayeli, su madre, se fue dejando una maleta, una promesa mal hecha y una herida de esas que no cierran parejo. No desapareció del todo, y quizá eso fue peor. Volvía cuando le convenía, mandaba audios llorando, juraba que ya había cambiado, que ahora sí quería ser mamá, y luego otra vez se desvanecía. Ramiro dejó de esperar algo de ella porque no tenía tiempo para resentimientos elegantes. Trabajaba como electricista industrial en un parque de Apodaca, entre tableros de alta tensión, plantas maquiladoras y turnos que le dejaban el cuerpo molido y los dedos oliendo a metal quemado. Salía de madrugada, tomaba café de Oxxo para no caerse dormido al volante y regresaba con la espalda partida, pero cuando abría la puerta de la casa y veía a Valeria correr hacia él con el Capitán bajo el brazo, todo tenía sentido por unas horas.
La niña era callada, observadora, más dura de lo que su cuerpo flaquito dejaba ver. Cuando algo le dolía, no hacía berrinche. Apretaba los labios. Cuando le daba miedo, fingía que no. Y cuando veía a Ramiro cansado, se le sentaba junto sin pedir nada, como si ya hubiera entendido que el amor también a veces consiste en no estorbarle al otro cuando apenas puede con la vida. Eso lo rompía más que cualquier diagnóstico.
El Capitán siempre estaba con ella. Dormía con él, comía con él al lado, se lo acomodaba sobre el pecho cuando le dolía respirar y le hablaba en secreto como si el oso de peluche entendiera cosas que los adultos no. Ramiro bromeaba diciendo que ese oso era el guardia de la casa.
—Él cuida cuando tú no puedes —respondía Valeria.
En ese momento a él le daba ternura. Después esa frase empezó a perseguirlo como una condena.
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