PARTE 1
A sus 34 años, Valeria Rodríguez era lo que en la cultura laboral mexicana se conoce como una mujer que “resuelve”. Trabajaba como directora de cuentas en una prestigiosa agencia de publicidad ubicada en la zona corporativa de Santa Fe, ganaba un sueldo envidiable y rara vez dormía más de 4 horas por noche. Su existencia entera giraba en torno a sostener económicamente a una familia que jamás la había mirado con verdadero amor. Su madre, Doña Elena, y su padre, Don Roberto, tenían su universo afectivo y financiero centrado en una sola persona: Ximena, la hermana 7 años menor.
Ximena era la bailarina intocable de la casa, la niña de cristal, la que siempre necesitaba apoyo para sus costosas audiciones, sus vestuarios importados y sus continuos caprichos de artista incomprendida. Valeria, en cambio, era simplemente la chequera inagotable. Cada mes, con una puntualidad dolorosa, enviaba 25000 pesos exactos a la cuenta bancaria de sus padres para pagar la hipoteca de la enorme casa familiar en Coyoacán. Mientras tanto, ella vivía en un departamento alquilado, minúsculo, con pintura descascarada y humedad en las paredes.
El cuerpo de Valeria llevaba meses gritándole que se detuviera, pero ella respondía ingiriendo más tazas de café negro y fuertes pastillas para controlar el estrés de las continuas campañas publicitarias. Hasta que un martes cualquiera, exactamente a las 10 de la mañana, la dolorosa factura de sus múltiples excesos llegó de golpe. Estaba revisando apresuradamente los estresantes detalles de una presentación vital para el cliente principal de la agencia cuando sintió que un puño invisible y helado le aplastaba violentamente las costillas contra la silla. El espantoso dolor irradió de forma rápida por todo su brazo izquierdo. La luminosa pantalla de su computadora comenzó a volverse borrosa. Con los labios morados, un sudor frío empapándole la frente y el aire escapándosele de los pulmones, apenas logró susurrarle a su compañera de escritorio: “Llama al 911”.
El infarto fue masivo y fulminante. Valeria fue trasladada de urgencia al hospital, conectada a decenas de cables, entubada y puesta al borde mismo del abismo. Las primeras 24 horas fueron de suma gravedad. Los médicos luchaban sin descanso para mantener estable su frágil corazón.
En la sala de terapia intensiva, el doctor Arturo Chen revisó los signos vitales de la paciente. La situación era desesperada. Tomó el expediente clínico, buscó el número de emergencia registrado y marcó. Al tercer tono, Doña Elena contestó el teléfono. De fondo, a través del auricular, se escuchaba música elegante, risas y el inconfundible tintineo de copas de cristal. Estaban en un exclusivo y carísimo restaurante de Polanco, celebrando por todo lo alto que Ximena había conseguido un puesto estelar en una nueva compañía de danza.
—¿Hablo con la familia de Valeria Rodríguez? —preguntó el doctor, utilizando ese tono grave que usan los médicos cuando la muerte ronda cerca—. Hablo del hospital. Su hija acaba de sufrir un infarto masivo. Está en terapia intensiva. Su estado es extremadamente crítico y es muy probable que no pase de esta noche. Necesitamos que vengan de inmediato.
El doctor hizo una pausa, esperando escuchar el llanto, la desesperación o el grito angustiado de una madre aterrada. En su lugar, hubo un silencio calculador. Doña Elena se acomodó en su lujosa silla, miró la copa de vino frente a ella y respondió.
—Mire, doctor —dijo la mujer con una voz calmada y cargada de fastidio—. Estamos en plena comida por el gran ascenso de Ximena. No nos esté molestando con esas cosas ahorita. Valeria siempre busca llamar la atención.
Y simplemente colgó la llamada, dejando en el aire la escalofriante sensación de que nadie podía creer lo que estaba a punto de suceder…
Leave a Comment