A Mariana se le rompió la fuente mientras su suegra se retocaba el perfume francés frente al espejo del recibidor, su cuñada se grababa para redes presumiendo un sombrero nuevo para la playa, y su marido, el padre del hijo que ella llevaba en el vientre, la vio doblarse de dolor sobre el piso de cantera y aun así metió la llave por fuera para irse con ellas a Puerto Vallarta, dejándola encerrada en una casa que ella había pagado peso por peso, como si pudiera parir sola o morirse sin arruinarles las vacaciones.
El primer retortijón no se pareció a nada de lo que le habían descrito en los cursos prenatales. No fue una molestia ni una punzada pasajera. Fue un golpe seco, brutal, como si algo le hubiera desgarrado por dentro con las uñas. Mariana se sostuvo del brazo del sillón, tragándose el gemido. Tenía 38 semanas y 4 días. Su doctora le había dicho que todavía podía faltar 1 semana, quizá un poco más. Pero su hijo decidió llegar justo el día en que la familia de Esteban se iba a gastar su dinero en un resort frente al mar, convencidos de que lo ajeno les pertenecía por costumbre.
Ella estaba en la sala de la residencia de Lomas del Campanario, en Querétaro, esa casa que todo mundo llamaba “la casa de Esteban” aunque las escrituras llevaran el nombre de Mariana desde mucho antes de conocerlo. Llevaba un vestido amplio de algodón, el cabello pegado a la nuca por el sudor y los pies hinchados hasta parecer de otra persona. Frente a ella estaban Esteban, impecable con guayabera clara y lentes oscuros colgados del pecho; Leonor, su madre, con un conjunto carísimo que Mariana le había regalado para su cumpleaños; y Brenda, la hermana menor, con las uñas nuevas, el celular en alto y esa sonrisa ladeada que siempre anunciaba veneno.
Las 4 maletas estaban alineadas junto a la puerta. El chofer de la camioneta del aeropuerto estaba por llegar. El viaje llevaba 2 meses planeado. Suite con jacuzzi, restaurantes de autor, paseo en catamarán, masajes, compras en boutiques. Todo cargado a las cuentas de Mariana. No porque le sobrara el dinero, sino porque durante años se convenció de que amar también era sostener, resolver, dar, facilitar, cubrir, callar. Creyó que si les abría la casa, la cartera y la paciencia, terminarían aceptándola como familia. Lo que hizo fue enseñarles a usarla.
La 2da contracción la obligó a apoyarse en la mesa. El vaso de agua de jamaica se le fue de las manos y se estrelló contra el piso. Levantó la vista esperando sobresalto, compasión, cualquier reacción humana. Encontró fastidio.
—No me vayas a salir con tu show justamente hoy —dijo Brenda sin dejar de verse en la cámara del celular—. Qué conveniente.
—No es show —alcanzó a decir Mariana, con la voz quebrada—. Me duele mucho. Creo que ya empezó.
Leonor soltó una risa breve, de esas que parecen bofetada.
—Ni que fueras la primera mujer en el mundo que va a parir. Tu doctora dijo que todavía faltaba. Lo que pasa es que no soportas que nos vayamos a divertir.
Mariana buscó a Esteban. Todavía en ese momento una parte tonta de ella esperaba que él reaccionara, que ordenara silencio, que la levantara, que llamara a un médico, que hiciera algo propio de un esposo. Pero Esteban no se movió. Se acomodó el reloj. Desvió la mirada. Suspiró como si la dificultad se la estuviera provocando ella.
—Mariana, mi amor, respira —dijo sin acercarse—. Igual son de práctica. Métete a descansar un rato. Nosotros ya tenemos todo pagado. Regresamos en 6 días, se van volando.
Se van volando. Así llamaba Esteban a 6 días.
Entonces Mariana sintió el chorro tibio bajar entre sus piernas. Miró el vestido mojándose, el charco extendiéndose sobre la cantera pulida, y ya no necesitó que nadie le explicara nada. Había roto fuente.
—Esteban —dijo, tratando de incorporarse—. Ya rompí fuente. Por favor. Llévame al hospital. Háblale a una ambulancia. Por favor.
En ese instante sonó el claxon afuera. La camioneta estaba lista. Leonor giró con molestia hacia la puerta.
—Ya llegaron. Muévanse. No pienso perder una reservación por un capricho. Si de verdad ya se va a aliviar, que ella pida un taxi.
—Exacto —murmuró Brenda, jalando su maleta—. No está manca.
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