Rodrigo llegó a la casa con una sonrisa indecente y la noticia de que acababa de convertirse en padre de otro hijo, como si hubiera traído un trofeo y no la prueba final de la ruina que llevaba 1 año sembrando dentro de su propio matrimonio. Valeria estaba sirviendo agua en la cocina cuando lo oyó entrar silbando, con esa seguridad insolente de los hombres que creen que una esposa cansada siempre va a tragarse una humillación más. No llevaba ni 5 minutos en la casa cuando dejó las llaves sobre la barra y soltó, con el pecho inflado y los ojos brillosos de orgullo:
—Ya nació.
Valeria no preguntó qué había nacido. No hizo falta. Su mano siguió firme sobre el vaso mientras él se acercaba, perfumado, peinado, casi festivo, como si viniera de cerrar un gran negocio.
—Es niño —continuó—. Está precioso. Blanco, con los ojos grandotes, la nariz bien finita… parece de comercial, te lo juro.
Valeria alzó la vista despacio. Lo miró como si mirara un desconocido parado en su cocina.
—¿Así de contento estás?
—Pues claro —contestó él, riéndose por lo bajo, satisfecho de sí mismo—. Es mi hijo. Y salió perfecto. La neta, no podría pedir más.
En el cuarto de al lado, su hija Lucía, de 4 años, cantaba desafinada mientras acomodaba a sus muñecas en el tapete. Esa vocecita era lo único que todavía mantenía en pie la respiración de Valeria.
Rodrigo siguió hablando, cada vez más suelto, más valiente en su propia podredumbre.
—Y ya estuve pensando… en unos días voy a traer a Ximena aquí un rato para que se recupere. Allá en el departamento va a estar más incómoda. Además, con el bebé recién nacido necesita ayuda. Yo me encargo de todo. Ya estuvo bueno de que te cierres, Vale. Tienes que madurar. Al final del día, ese niño también es familia.
Valeria sonrió.
Fue una sonrisa helada, pequeña, casi elegante. La clase de sonrisa que no avisa gritos, pero sí entierros.
Hacía 1 año, cuando descubrió la aventura, se había derrumbado en el baño con el agua de la regadera abierta para que Lucía no la oyera llorar. Hacía 1 año, Rodrigo se había hincado frente a ella, le había agarrado las manos, le había jurado por su hija que todo había sido un error, una tontería, un desliz que nunca volvería a repetirse. Hacía 1 año, ella había querido creerle no porque todavía lo amara como antes, sino porque su niña todavía decía “papá” con la boca llena de confianza y porque el miedo a romperle el mundo a una hija puede volver cobarde hasta a la mujer más inteligente.
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