PARTE 1
El viento helado de la tarde barría las hojas secas del Parque Lincoln, en el exclusivo barrio de Polanco. Alejandro Montes de Oca, de 35 años, estaba sentado en una banca de hierro forjado, envuelto en un abrigo de diseñador que costaba más de lo que la mayoría de las familias mexicanas ganaban en un año. Llevaba gafas oscuras y sostenía un bastón blanco con ambas manos. Su postura era rígida, pero su espíritu estaba completamente quebrado. Habían pasado 3 años desde que una enfermedad degenerativa le arrebató la vista en cuestión de meses, sumiéndolo en un mundo de sombras. Lo tenía todo: una constructora que facturaba miles de millones de pesos, un penthouse en Las Lomas y una vida de lujos. Pero en la oscuridad, su imperio no significaba nada.
Esa tarde, la desesperación lo asfixiaba más de lo normal. Su propio hermano menor, Sebastián, a quien Alejandro había criado y dado todo, había comenzado a mover los hilos en la junta directiva para arrebatarle el control de la empresa, argumentando que un ciego no podía liderar el futuro de la compañía. Alejandro sentía que hasta Dios le había dado la espalda. Fue en ese abismo de pensamientos cuando escuchó una vocecita a su lado.
—Señor, ¿puedo sentarme aquí? ¿De su lado? —preguntó un niño.
Alejandro giró el rostro hacia la voz. Solo percibía una sombra pequeña. Asintió levemente. El niño se sentó, sus piececitos colgando sin tocar el suelo. Tenía 8 años, llevaba unos tenis gastados amarrados con alambre, un pantalón de mezclilla deslavado y la cara sucia por el smog de la Ciudad de México. En sus manos sostenía una caja de cartón con mazapanes y chicles que vendía en los semáforos.
—¿Por qué trae esos lentes si ya no hay sol, señor? —preguntó el niño con la curiosidad cruda que solo la inocencia permite.
—Porque mis ojos están enfermos. No puedo ver —respondió Alejandro, sorprendido de su propia sinceridad.
El niño guardó silencio unos segundos. Sacó de su bolsillo la mitad de una concha de vainilla envuelta en una servilleta de papel y se la ofreció.
—Yo me llamo Mateo. ¿Gusta un pedazo? Mi mamá me decía que el pan dulce quita las penas amargas.
Alejandro sintió un nudo en la garganta. Aceptó el pedazo de pan. Mateo le contó que vivía solo desde hacía 1 año, cuando su madre perdió la batalla contra una enfermedad en un hospital público. Ahora dormía en un cuarto de lámina en una vecindad lejana y sobrevivía vendiendo dulces. Sin embargo, no había tristeza en la voz del niño. De su pequeña mochila desgastada, Mateo sacó una Biblia vieja y deshojada.
—Mi mamá me enseñó a leer con esto. Ella me dijo que, si lo leía, nunca estaría solo —dijo Mateo, abriendo el libro—. Le voy a leer lo que me da fuerza: “Todo lo puedo en Cristo que me fortalece”. Filipenses 4:13.
Esas palabras atravesaron el corazón de Alejandro como un relámpago. Por primera vez en 3 años, sintió una chispa de paz. Mateo prometió volver al día siguiente a las 4 de la tarde. Alejandro regresó a su mansión sintiendo que, tal vez, aún había esperanza. Pero al cruzar la puerta de su casa, el ambiente se sintió pesado. Su fiel chofer, Don Chuy, no estaba en la entrada. En su lugar, el eco de los zapatos de cuero de su hermano Sebastián resonó en el pasillo de mármol.
—Hermanito, por fin llegas —dijo Sebastián con una voz cargada de veneno, acompañado por su prometida Valeria y dos abogados—. He tomado una decisión por tu propio bien. Mañana a primera hora serás trasladado a una clínica psiquiátrica de reposo a las afueras del estado. Ya firmé la orden de incapacidad mental. Y por cierto, un niño pordiosero y mugroso vino a buscarte a la reja hace un rato. Lo mandé echar a patadas con los guardias de seguridad. No quiero basura merodeando mi nueva casa.
Alejandro sintió que la sangre se le helaba en las venas. Estaba atrapado en su propia casa, ciego, acorralado por su propia sangre y con el único ser que le había dado esperanza en peligro en las calles. Era imposible creer lo que estaba a punto de ocurrir…
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