El día que más miedo le daba en todo el año empezó con la silla vacía al lado de Mateo y con 28 pares de ojos listos para descubrir, de una vez por todas, por qué su papá nunca llegaba vestido como los papás importantes.
La primaria Benito Juárez había decorado el salón de 2º B con cartulinas de colores, dibujos de cascos, batas, patrullas, microscopios y letras brillantes que decían DÍA DE LAS PROFESIONES. Desde temprano se oían risas, pasos apurados, celulares grabando y ese orgullo ruidoso con el que algunos adultos entraban cuando sabían que iban a ser admirados. En un rincón, la mamá de Valeria acomodaba su bata blanca y el estetoscopio sobre el cuello mientras varias niñas la miraban como si hubiera salido de una serie de televisión. Cerca del pizarrón, el papá de Emiliano, policía de la Secretaría de Seguridad, se había presentado con uniforme impecable, botas lustradas y postura recta, y apenas cruzó la puerta varios niños soltaron un coro de asombro.
—¡Guau, trae pistola!
—Mi papá dice que los policías atrapan secuestradores.
—Tu papá sí está bien padre, Emiliano.
Emiliano infló el pecho y sonrió con esa sonrisa que a Mateo siempre le dolía un poco ver, no por maldad, sino por la facilidad con la que algunos niños podían presumir lo que otros apenas podían defender. La maestra Estela iba nombrando a cada alumno y les daba unos minutos para que sus familiares contaran a qué se dedicaban. Un odontólogo enseñó un molde de dientes; una enfermera habló de vacunas; un chofer de tráiler llevó un volante viejo que había guardado de recuerdo; una repostera regaló galletitas envueltas en servilleta. Todo olía a perfume, a café recién tomado y a ese entusiasmo que a Mateo se le iba convirtiendo en nudo en el estómago.
Desde el lunes, su papá le había prometido que sí iba a ir. Le había puesto la mano sobre el cabello antes de salir a las 5 de la mañana y le había dicho que esta vez no lo iba a dejar solo, que llegaría aunque tuviera que cruzar media ciudad corriendo. Mateo había querido creerle, pero ya había aprendido que la necesidad siempre llegaba primero a la casa que cualquier promesa. Ramiro hacía lo que saliera: unos días cargaba bultos en la Central de Abasto, otros repartía garrafones, otros se metía a la obra como ayudante, otros se subía a una moto prestada para llevar pedidos. No tenía uniforme fijo, ni gafete bonito, ni una sola respuesta clara para cuando alguien preguntaba a qué se dedicaba.
Por eso, cuando la semana anterior la maestra pidió que cada quien dijera qué trabajo tenía su mamá o su papá, Mateo sintió cómo se le calentaban las orejas. Algunos niños dijeron arquitecto, contadora, abogada, chef, enfermero, ingeniero. Cuando llegó su turno, él tragó saliva y respondió lo primero que le pareció menos vergonzoso.
Leave a Comment