Gustavo observaba a Beatriz desde el portón. Ella miraba hacia los lados, nerviosa, apretando el bolso contra el cuerpo. Él salió de las sombras y caminó hacia ella. Necesitaba saber la verdad.
Gustavo se detuvo a pocos pasos. El sonido de sus zapatos contra el piso de piedra resonó en el silencio de la tarde.
Beatriz giró el rostro lentamente y, cuando sus ojos se encontraron con los de él, pareció que el aire se le escapaba de los pulmones. Dio un paso atrás por instinto y apretó el bolso contra el pecho, como si eso pudiera protegerla.
—¡Señor Gustavo! —su voz salió en un hilo casi inaudible—. No sabía que el señor estaba en casa.
Gustavo no respondió de inmediato. Se quedó ahí, con la mirada fija en ella, tratando de entender lo que estaba pasando. Había ensayado esa conversación decenas de veces en su cabeza durante el camino, pero ahora, frente a ella, todas las palabras habían desaparecido. Cruzó los brazos sobre el pecho e inclinó ligeramente la cabeza.
—¿A dónde vas, Beatriz?
Ella parpadeó varias veces, como si intentara ganar tiempo.
—Tengo un compromiso, señor. Nada importante.
Gustavo dio un paso más hacia ella.
—Todos los días, Beatriz. Todos los días sales de aquí más temprano y todos los días vuelves al día siguiente con esa cara de no haber dormido bien.
Beatriz bajó la mirada.
—Tengo cosas que resolver, señor… cosas personales.
Gustavo sintió la frustración subirle por la garganta.
—Yo vi, Beatriz.
Ella levantó el rostro de golpe, el pánico marcado en cada rasgo.
—¿Vio qué?
Gustavo señaló con el mentón hacia su vientre.
—El embarazo. Lo vi.
El silencio que cayó entre ellos fue tan denso que parecía sólido.
Beatriz se quedó completamente inmóvil, como si se hubiera convertido en piedra. Las manos le temblaban sujetando el bolso. Sus ojos se llenaron de lágrimas, pero no dejó que ninguna cayera.
Gustavo esperó. No sabía qué esperar de ella, pero sabía que necesitaba escucharla, entenderla.
Beatriz respiró hondo, intentando controlar la voz.
—Iba a decírselo. Se lo juro.
Gustavo dio otro paso. Ahora estaban a menos de un metro de distancia.
—¿Cuándo? ¿Cuando ya no pudieras ocultarlo? —su voz salió más dura de lo que pretendía, y vio el impacto de sus palabras en el rostro de ella.
Beatriz finalmente dejó caer las lágrimas.
—No quería perder el trabajo. No quería que el señor pensara mal de mí. No quería que todo cambiara.
Gustavo sintió que algo se le apretaba en el pecho. No era enojo, era algo peor: dolor.
—¿Quién es el padre?
Beatriz cerró los ojos con fuerza.
—Eso no importa.
Gustavo alzó la voz por primera vez.
—¿No importa? ¡Estás embarazada, Beatriz! Estás sola. ¿Cómo no va a importar?
Ella abrió los ojos y lo miró directamente. Y Gustavo vio en ellos una mezcla de vergüenza, miedo y desesperación que lo hizo retroceder.
—Se fue —dijo ella, con la voz rota—. Cuando le conté, dijo que no quería saber nada. Que lo resolviera sola. Se fue, cambió de ciudad, bloqueó mi número, desapareció como si yo nunca hubiera existido.
La rabia volvió a apoderarse de Gustavo, pero esta vez no era contra ella. Era contra el hombre que había hecho eso, contra el cobarde que la había abandonado así.
—¿Y tú? ¿Qué vas a hacer?
Beatriz se limpió las lágrimas con el dorso de la mano.
—Voy a tener a este bebé. Voy a trabajar lo que haga falta. Voy a salir adelante.
Gustavo la miró en silencio. Vio la determinación en sus ojos, pero también el miedo. Vio la soledad. Vio lo mismo que veía en el espejo todos los días desde que Laura había muerto.
—No tienes que hacerlo sola.
Las palabras salieron antes de que pudiera pensarlas.
Beatriz lo miró, confundida.
—¿Qué quiere decir, señor?
Gustavo se pasó la mano por el cabello, tratando de ordenar sus pensamientos.
—Trabajas aquí desde hace dos años. Siempre has sido honesta, siempre has hecho bien tu trabajo. No voy a abandonarte ahora.
Beatriz negó con la cabeza, incrédula.
—¿El señor está diciendo que va a ayudarme?
Gustavo asintió.
—Haré lo que sea necesario. No vas a pasar por esto sola.
Beatriz se cubrió el rostro con las manos y comenzó a llorar de una forma que le partió el corazón a Gustavo. Sollozaba fuerte, con todo el cuerpo temblando.
Gustavo dio un paso más y, sin pensarlo, puso una mano sobre su hombro.
—Todo va a estar bien, Beatriz. Te lo prometo.
Ella lo miró a través de las lágrimas.
—¿Por qué hace esto? ¿Por qué le importa?
Gustavo dudó. No sabía cómo responder. O mejor dicho, sí lo sabía, pero no estaba listo para admitirlo.
—Porque es lo correcto.
Beatriz se limpió el rostro y asintió despacio.
—Gracias, señor. No sé cómo agradecerle.
Gustavo retiró la mano de su hombro y dio un paso atrás.
—Vete a casa. Descansa. Mañana hablamos con calma.
Beatriz volvió a asentir y comenzó a caminar hacia el portón.
Gustavo se quedó ahí, mirándola alejarse. Cuando desapareció en la curva de la calle, soltó el aire que estaba conteniendo y sintió que las piernas le flaqueaban.
Regresó a la casa y fue directo al bar. Tomó una botella de whisky y se sirvió un vaso lleno. Lo bebió de un solo trago. El ardor en la garganta no ayudó en nada. Se sirvió otro y fue al despacho.
Se sentó en la silla de cuero y se quedó mirando el techo.
¿Qué acababa de hacer, exactamente? ¿Por qué se había ofrecido a ayudarla? ¿Por qué aquello le afectaba tanto?
Tomó el celular y miró la foto de Laura, que aún era el fondo de pantalla. Ella sonreía a la cámara, con esa forma suya, con esa luz en los ojos que siempre hacía que todo pareciera más fácil…

parte 2
Laura sonreía a la cámara, con esa forma suya, con esa luz en los ojos que siempre hacía que todo pareciera más fácil.
Gustavo pasó el pulgar por la pantalla, como si pudiera acariciar su rostro a través del cristal.
—¿Qué estoy haciendo, Laura? —murmuró, con la voz ronca por el whisky y el cansancio—. ¿Por qué siento que todo esto me está rompiendo por dentro?
La casa estaba en silencio.
Demasiado silencio.
Desde que su esposa había muerto, el silencio se había convertido en el verdadero dueño de aquella mansión. No importaba cuántas luces encendiera, cuántas reuniones tuviera o cuántas botellas vaciara en las noches… siempre terminaba ahí, solo, con un hueco en el pecho que nada lograba llenar.
Pero esa tarde había sido distinta.
Porque al ver a Beatriz temblando, protegiendo a su hijo con las dos manos, algo en él se había quebrado.
Y no entendía por qué.
Se quedó largo rato inmóvil, con el celular en la mano y la mirada perdida, hasta que un recuerdo le golpeó con tanta fuerza que lo hizo incorporarse de golpe.
Laura.
El hospital.
Aquella última conversación.
—Si algún día ves a alguien roto, Gustavo… no lo dejes solo como me dejaste a mí.
Cerró los ojos con fuerza.
Esa frase.
Esa maldita frase.
La había escuchado muchas veces en su cabeza desde el funeral, pero nunca con tanta claridad como en ese instante.
Porque él sí la había dejado sola.
No físicamente, no del todo… pero sí en lo importante.
Cuando Laura quedó embarazada por primera vez, él estaba demasiado ocupado expandiendo la empresa. Cuando ella perdió al bebé a los cinco meses, Gustavo estaba firmando contratos en otra ciudad. Y aunque volvió corriendo, aunque la abrazó, aunque lloró con ella… nunca pudo perdonarse no haber estado cuando más lo necesitaba.
Y después de eso, Laura ya no volvió a ser la misma.
Ni él tampoco.
Apretó la mandíbula y dejó el vaso sobre el escritorio.
Entonces lo entendió.
No era solo Beatriz.
Era la herida que nunca cerró.
Era la culpa.
Era la promesa rota.
Y quizás, solo quizás, ayudar a esa muchacha era la única forma que tenía de salvar algo dentro de sí antes de que terminara de pudrirse por completo.
A la mañana siguiente, Gustavo no esperó a que Beatriz bajara a trabajar.
Fue él quien fue a buscarla.
La encontró en la pequeña habitación del ala de servicio, sentada en la cama, todavía en pijama, con el rostro pálido y los ojos hinchados de tanto llorar. Tenía una taza de té entre las manos y al verlo en la puerta se puso de pie de inmediato, nerviosa.
—Señor Gustavo, yo…
Él levantó una mano para detenerla.
—No vine a despedirte.
Beatriz tragó saliva. Era evidente que había pasado la noche esperando lo peor.
—Entonces… ¿por qué vino?
Gustavo respiró hondo y entró despacio.
La habitación era pequeña, pero ordenada. Había una manta doblada con cuidado, una mesita con una estampita de la Virgen, y sobre el buró un cuaderno viejo, varias facturas y una ecografía.
Sus ojos se clavaron en esa imagen en blanco y negro.
Un bebé.
Pequeño.
Frágil.
Real.
Sintió algo extraño en el pecho.
—Siéntate, por favor —dijo, con una voz mucho más suave que la del día anterior.
Beatriz obedeció, aunque no dejaba de mirarlo con cautela.
Gustavo tomó la ecografía con delicadeza.
—¿Cuánto tiempo tienes?
—Cinco meses —respondió ella en voz baja.
Cinco meses.
El mismo tiempo.
La misma edad gestacional en la que Laura había perdido al suyo.
La garganta se le cerró, pero se obligó a mantenerse sereno.
—¿Ya te hiciste todos los controles?
Beatriz bajó la mirada.
Ese simple gesto bastó para que él entendiera la respuesta.
—No —susurró ella—. Solo fui una vez.
—¿Por qué?
Ella sonrió con tristeza.
—Porque los doctores no atienden con “gracias” ni con “ya le pagaré cuando pueda”.
Gustavo apretó la ecografía entre los dedos.
—¿Y no me dijiste nada?
Beatriz soltó una pequeña risa amarga.
—¿Qué iba a decirle, señor? ¿“Buenos días, necesito que me pague exámenes para el hijo del hombre que me abandonó”? Yo no quería darle problemas.
Gustavo la miró fijamente.
—Escúchame bien, Beatriz. A partir de hoy, tu embarazo deja de ser un problema que cargas sola. Vas a ir al mejor médico, vas a tener alimentación adecuada, vas a descansar cuando lo necesites y no vas a volver a esconderte para ir a una consulta.
Beatriz abrió los ojos, impactada.
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